Aquí continúa la pesadilla de Marcos y la angustía de Agustín. Si no  has leído la primera parte te recomiendo que lo hagas ahora mismo antes de continuar. En esa primera parte, Marcos comienza una exploración hacia lo desconocido. Ésta le sacará de su modorra de sobremesa para sumirlo en una situación desesperada, poblada por unos personajes protagonistas desquiciados y un final no menos esquizoide.
Si piensas que en la primera parte de «Aquello» ya había visto suficiente, te aseguro que en las líneas que siguen a esta introducción podrás comprobar que no era así.
Sirvan estas palabras para introducirte, querido lector, en un desbarro que  estimo muy oportuno. Vivimos en unos tiempos en los que no puede decirse nada en público que en privado resulta natural. Unos tiempos en los que todos nos ofendemos por todo. En los que el respeto a los demás no es más que una falacia para la imposición de algunos criterios sobre otros en nombre de la libertad y los derechos. Cuando es precisamente eso lo que estas actitudes vulneran sistematicamente.
Se puede decir algo sobre alguien, por muy estúpido o desagradable que ésto sea , sin elevarlo a la categoría de sentencia universal y llevada al santo oficio.
Si te ofenden mis palabras, lo siento de veras. Nada más lejos de mi intención. Pero me reafirmo en la opinión de que se puede pertenecer a cualquier colectivo, sea del tipo que sea, y no por eso se está exento de ser un verdadero gilipollas.
¡Ahí queda eso!

Leer: “Aquello” 1ª parte. Un relato de Oriol Villar-Pool

 

Aayuuuuuuuudaaaaaaaaaaa.

-¿Es que este tío no sabe decir otra cosa?- dijo Marcos reprimiendo un exabrupto mientras sopesaba la artillería de la que disponía.

La tarjeta de crédito se partió en dos trozos al primer intento.

-¡Putos bancos!

Aaaayuuuuuudaaaauuuaa.

-Ya voy. Ya voy. No te impacientes-  suplicó Marcos mientras intentaba hacer saltar el bombín de la cerradura con un destornillador del todo a cien.

Ayuuuuuuudaaaaaaaaa.

-¡Que ya voy!- gritó, partiendo la herramienta de oferta en dos trozos e inutilizando la cerradura.

Ayuuuuuuudaaaaaa.

-Ten un poco de paciencia hombre, que aún no sé como entrar.

Marcos buscó por el descansillo alguna llave escondida que le permitiese abrir esa maldita puerta. Pensó que aunque Agustín fuese gilipollas, no podía serlo tanto como para no temer una urgencia como esta. Miró bajo el felpudo; sobre el marco de la ventana; debajo de las flores de plástico, y detrás de la fotografía -«recuerdo de Lourdes»– que Agustín colgó en un espacio de la comunidad, sin preguntar a nadie, y acusando de ateísmo y apostasía a todo aquel que osó abrir la boca.

-¿Pero qué estoy haciendo? Aunque encontrase la llave, he roto la cerradura.

Pensó que aunque Agustín fuese gilipollas, no podía serlo tanto como para no temer una urgencia como esta. #OrioVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

Ayuuuuuuuuuuuuuuuuudaaaaaaaaaaaaa.

Aquel grito terminó por sacar a Marcos de sus casillas. Algo tenía que hacer y no estaba dispuesto a dejar pasar un segundo más sin actuar. Observó con atención todo cuanto le rodeaba. Albergaba la esperanza dar con la idea definitiva que lograra acallar a su vecino.

Ayuuuuuudaaaaaaaaaaaa.

-¡El extintor!-. Marcos creyó encontrar en aquel artefacto contra incendios su última oportunidad para acceder hasta el lugar donde se hallaba Agustín.

Ayuuuuuuudaaaaaa.

-¡Allá voy!

No lo dudó. Arrancó el extintor de la pared y, con unas fuerzas que ni él miso se conocía golpeó, y golpeó hasta que logró abombar la puerta. Arremetió de nuevo hasta que por fin abrió en ella un considerable boquete. Marcos, como el Jack Nicholson de «el resplandor», se asomó a través de la agrietada madera. La vivienda estaba oscura como una cueva y en su interior ahora no se oía nada. Nada de nada.

«No me extraña»- pensó Marcos, exhausto por tanta violencia como había generado-. Si está ahí dentro debe estar aterrorizado.

Ayuuuudaaaa.

-¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Ya voy!

Marcos golpeó con una saña desaforada hasta que la puerta cayó hecha viruta y derrotada ante semejante descarga de furia.

Cruzó el unbral de la puerta y entró en la vivienda. Al fin estaba allí. Recorrió el pasillo con prudencia pero no tenía duda alguna sobre el lugar a donde debía dirigirse. La casa de Agustín estaba justo debajo de la suya y, aunque la decoración fuera diferente -si es que se podía llamar así a eso que tenía frente a sus ojos-, la distribución era la misma. De modo que allí todo le resultaba a Marcos familiarmente aterrador.

Ayuuuudaaaa.

Entró en el dormitorio y, tras tal cantidad de dificultades, por fin «Aquello» se apareció ante él. Era un amasijo sudoroso, calvo y malhumorado que, caído de bruces a los pies de la cama, no dejaba de blasfemar. La imagen resultaba del todo patética. Nunca antes había visto Marcos a Agustín sin su peluca, y dada la nula simpatía existente entre ambos, el encuentro resultó gélido.

Marcos, haciendo un inmenso esfuerzo, consiguió elevar el peso muerto de su vecino hasta la silla de ruedas. Agustín no movió uno sólo de sus músculos útiles para ayudarle. Se dejó hacer como si el mundo estuviese en deuda él.

-¿Te encuentras bien?- preguntó Marcos, más por romper el hielo que por verdadero interés.

-¿Vas a seguir preguntando chorradas durante mucho rato? Dame la peluca y déjame en paz- exigió Agustín señalando la rata muerta que yacía en el otro extremo de la habitación.

-Bueno yo…

-Anda chaval que ya te ha costado llegar, ¿eh? ¿A quién estabas esperando, a MacGyver?… Muy ejecutivo… Muy deportista y… Y mucha hostia, ¿eh? Pero cuando tienes que hacer algo importante te lo tomas con filosofía ¿eh? ¡Anda y vete a cagar!

Marcos no daba crédito a lo que estaba escuchando. Sabía de sobra que Agustín no era hombre de palabras amables, y mucho menos podían esperarse de él gestos que lo fueran. Pero de la cortesía a la repugnancia hay un trecho, y aquel espécimen que le insultaba desde su silla de ruedas eléctrica hacía rato que había cruzado la frontera.

Marcos apretó su mandíbula para no gritar. Intentaba asimilar los despropósitos de su vecino sin perder la compostura. Entonces Agustín activó el motor de su silla y rodó pasillo arriba, como si la rata de su cabeza hubiese resucitado. Al llegar frente a la destrozada puerta de la calle frenó en seco y espetó:

-No pensarás que te vas a ir de rositas después de el estropicio que has organizado ¿eh? Te voy a denunciar, sabes… ¿Eh? Esto te va a costar una pasta ¿eh?… Y ya puedes estar contento si no te denuncio también de haber querido dar por el culo a un pobre minusválido. ¿Eh?¿Te enteras? Así la próxima vez irás destrozar propiedades privadas a casa de tu madre. ¿Eh?

-Pero…

Marcos no salía de su asombro. Cómo podía estar ocurriendo algo así. Cómo era posible. No podía comprender que aquel a quien acababa de salvar la vida, pudiese escupir tal cantidad de maldades por segundo. Y que lo hiciese contra él. No podía entenderlo. No. No podía, no podía…

-Sí… Sí. Eso piensa, piensa. Que eso no cuesta dinero ¿eh? Más vale que guardes el que tienes para cuando te achicharre con tantas demandas que vas a tener que pedir prestado hasta para papel higiénico. ¿Eh?

Agustín descolgó el teléfono de la cocina y marcó el número de la policía.

-Policía dígame . Aquí el agente Sánchez, en que puedo servirle.

-Te vas a enterar desgraciao- dijo Agustín pegando el auricular contra su pecho sudoroso-. ¿Eh? Te vas a enterar.

-Policía, dígame. Aquí la policía ¿Hay alguien ahí?

Pero nadie respondió a la pregunta del agente Sánchez. Marcos rodeo el cuello de Agustín con su mano izquierda. Le arrebató el auricular y con él le golpeó con tanta saña, que la sangre del tullido bañó la habitación con la furia rabiosa de la sangre.

Pensó que aunque Agustín fuese gilipollas, no podía serlo tanto como para no temer una urgencia como esta. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

-Policía dígame. ¿Está usted ahí?

El cuerpo semiiconsciente de Agustín babeaba improperios mientras escupía sus dientes astillados. La lengua, que le colgaba hasta las rodillas, impedía la comprensión de ninguna de sus estupideces. Marcos empujó la silla de ruedas hasta el dormitorio. La colocó en el mismo exacto lugar en el que la había encontrado al llegar allí. Una leve colleja bastó para que todo el cuerpo de Agustín se desplomara violentamente.

Como un escultor, Marcos fue dando forma a aquella masa inerte hasta dejarla en la misma posición que tanto le había hecho gritar. Condujo la silla de ruedas hasta el otro extremo de la habitación. Se arrodilló junto a su vecino y, arrebatándole el peluquín dijo.

-Buenas noches Agustín. Que tengas felices sueños… ¡Pedazo de cabrón!

Arrojó la peluca en un rincón. Lazó una última y satisfecha mirada desde la puerta de la habitación hacia su sanguinolenta obra y se despidió.

-Buenas noches.

Abandonó con parsimonia el domicilio. Subió con lentitud las escaleras disfrutando del silencio que ahora reinaba en el edificio. Una vez en su casa tomó el mando a distancia del equipo de música y pulsó de nuevo el “Pause” . La misma “Variación Goldberg”, que había sido detenida hacía ya una eternidad, continuó como si tal cosa.

Disfrutó Marcos como nunca de una caliente y tonificadora ducha. Se puso una agradable camiseta de algodón que compró en su último viaje a Hawai y un ligero pantalón de hilo. Añadió tres cubitos de hielo a un whisky de malta. Observó el vaso al trasluz y degustó las formas y colores de su copa. Bebió un lento y largo trago que despertó todos sus sentidos. Se recostó en el sofá. Posó sus pies sobre una mesa de madera mejicana. Subió el volumen para apreciar hasta el último matiz de la grabación. Cerró los ojos, dejó volar su fantasía por el intangible mundo de la música, y saboreó la sublime ejecución al piano del maestro Glenn Gould.

 

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© “Aquello” es un un relato de Oriol Villar-Pool