En esta octava entrega del relato Doble o nada, Alfredo Galán recupera en cierto modo su identidad y con ella su dignidad, si es que le quedaba alguna. También le vuelve un poco de su autoestima perdida, cosa que necesitaba como el comer.

Se crece Alfredo ante la adversidad y se enfrenta a cara de perro con toda la basura que puebla los platós de una televisión en avanzado estado de putrefacción.

La hipocresía, la farsa, la caradura, la inmundicia de personajes,  dignos de un bodevil macabro, ponen en la picota a un Alfredo desorientado, perdido y manipulado al que utilizan como a un clinex y maltratan como a un «bou al carrer».

Si no has leído aún las siete primeras entregas de Doble o Nada te recomiendo que lo hagas ahora mismo y asi disfrutarás mejor de este capítulo.


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Doble o nada. Un relato de Oriol Villar-Pool


Pero Alfredo Galán sí que sabe por dónde se anda. Conoce la situación al detalle. Hace semanas que sus sospechas atormentan su sueño y le joden los días. Marcelino capitanea una nave en la que él apenas es un polizón. La iniciativa es suya y al parecer el triunfo también.

La de Galán crece o se reduce en la misma función en que responde la de Marcelino. Programa tras programa, plató tras plató, locutorio tras locutorio solo habla del otro. Nunca nadie se interesa por su carrera. Su formación es un asunto por el que todos pasan por alto con la rapidez de un zorro en la campña inglesa.

En una ocasión abandonó un plató sumido en la desesperación por el tratamiento que aquellos inquisidores de la nueva basura mediática le daban. La gota que colmó el baso de su furia fue cuando una mujer gorda y sudorosa, a la que llamaban representante de los ciudadanos, pretendió con el vocabulario de un analfabeto puesto de anfetas, conocer su valoración moral de su actitud hacia la sociedad. Y es más, poseedora de una verdad tan absoluta como la pestilencia de su entrepierna y la atrocidad de su halitosis, se permitió sugerir a Alfredo que devolviese el dinero ganado hasta el momento con «ese cuento del doble».

Poseedora de una verdad tan absoluta como la pestilencia de su entrepierna y la atrocidad de su halitosis. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

Galán no dudó un instante. Mentó a su madre, a la de la zorra como es natural. Le recordó unas cuantas de las braguetas que había tenido que empapar para llegar a la butaca desde la que escupía. Sugirió el arroyo del que venía y al que no tardaría en regresar en cuanto los ciudadanos, los de verdad, le diesen la espalda.

La gorda mudó para toda la temporada. Mudó de carácter, mudó de piel y también de bilis. El país entero agradeció la precaución de sus compañeros de patíbulo. Sin duda Galán había metido algo más que el dedo en la llaga. Llagas que a buen seguro habrían hecho muchas horas extraordinarias para alcanzar aquella escupidera electrónica sábado noche tras sábado noche.

El recuerdo de aquel arrebato devuelve a Alfredo un protagonismo ya casi olvidado. Máximo le felicitó mientras su calculadora trabajaba sin cesar. Marcelino simpatizó con Galán. Encontró en él a alguien a quien, sin conocerlo, estaba convencido de que  todo aquello le repugnaba.

Artemio Laca, representante de artistas, entendió que aquel era un buen camino a seguir. Pedro despegó por un instante su nariz de una almeja que leía el Pronto, para cortejar a una gamba que le decía ven. Todos eran conscientes de que la duración del tinglado dependía en gran medida de ellos. Los teléfonos móviles no cesaron de humear hasta el amanecer.

Alfredo Galán siente que sus fuerzas y su autoestima regresan a él. Camina en solitario por la sedienta noche de la ciudad. Algunos borrachos al reconocerlo le llaman cabrón.

-Se lo llaman a todos- musita una hembra de abrigo desde la ventanilla de su deportivo rojo.

En menos de diez minutos comparten sus cicatrices. En un cuarto de hora ella marca la pauta. En veinte Galán se esfuerza en apagar su fuego encendiendo el suyo. En treinta, ella con el poder en su dedo índice lleva a Tricky a arrastrar «A song for Yukiko» mientras sus pies masajean a Galán.

Apenas se dicen nada. Apenas tiene la ocasión Alfredo de prender un cigarrillo. Su amante, guapa, esbelta, talludita, de cuerpo envidiable y el tiempo camuflado por el encanto, le invita a largarse.

-Mira cielo Mañana tengo un reunión a primera hora y necesito dormir… Al menos un rato. Si alguna otra vez paseas de madrugada no dejes de buscarme me encantará que me encuentres.

Alfredo no sabe qué decir. Por regla general no suele saberlo. Cree que todo se repite una vez más. Pero entonces. Cuando su amor propio está a punto de seguir el mismo camino que las tres gomas que ha utilizado en la sesión, ella le salva del abismo. Quizá no llegue ella a saberlo nunca pero sus palabras serán definitivas.

-Bueno chaval. Por qué no me firmas una autógrafo.

Si alguna otra vez paseas de madrugada no dejes de buscarme me encantará que me encuentres. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

Hace tanto tiempo que nadie le pide algo así, que incluso se estruja la mollera en busca de unas palabras que la conmuevan.

-Cuando cuente en el paddle que me he tirado a Alfredo Galán no se lo van a creer.

Quien no se lo puede creer es Alfredo. Apenas ha garabateado un par de líneas poco inspiradas, que el pudor me impide transcribir aquí por respeto al lector.

La cita, robada sin duda del estercolero en el que tantas drogas, tanto alcohol y tanto beso negro habían transformado su sesera, hablaba de princesas, y hablaba de cuentos. Hablaba de chorradas y de paridas que algún majadero publicaría en su día en una novela por entregas que Galán no llegó nunca a leer.

El escuchar su nombre en boca de una desconocida, si es que así puede llamarse a quien afilaba sus sueños hace escasos minutos, provoca en Alfredo una excitación de imposible camuflaje. La hermosa mujer le sugiere un poco de amor propio al llegar a su casa. Ella tiene su autógrafo, tiene su olor y tiene sueño.

-Así que hasta luego chaval.

La puerta se cierra tras él. Las escaleras le devuelven a la noche. Cualquiera se sentiría como un trapo arrojado a la suerte de un vertedero. Pero Alfredo se encuentra bien. Le han tratado como a una basura, pero esa basura es él y no otro impostor. Incluso él mismo hacía tiempo que no trajinaba de a gratis con nadie que no creyese estar haciéndolo con Marcelino. Cómo son las cosas rumia Galán, me dan por el culo pero al menos aciertan en el mío.

-Jódete Marcelino- grita Alfredo Galán a los cuatro vientos.

Lo hace en plena calle. Antes de que el sol arranque su jornada y él duerma por fin como lo hacía cuando no temía que otro descansara por él.

-Jódete tú hijoputa – vocifera un vecino desde su balcón.- A ti te parecen horas de estar dando voces en plena calle.

-¡Demándame si quieres!- replica Alfredo envalebtonado.

-Lo haré hijoputa… O es que crees que no sé como te llamas.

Jódete tú hijoputa - vocifera un vecino desde su balcón.- A ti te parecen horas de estar dando voces en plena calle. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

Alfredo Galán siente un escalofrío que recorre todo su cuerpo. Será posible que todo el mundo le reconozca esta noche. Hace meses que todos le confunden con su impostor y ahora, sin saber a cuenta de qué, parece que el mundo se haya arrancado la venda que le cegaba y las cosas parecen ser tal y como eran.

-Pues lo dicho- insiste Alfredo Galán con entereza e identidad recuperada.- Demándame si tienes huevos.

-Ahora mismo llamo a la pasma. Cabrón… Marcelino Ramírez date por jodido.

Continuará…


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© “Doble o nada.” es un un relato de Oriol Villar-Pool