El beso de Fausto  es sin duda el relato más ambicioso en el que me enfrasqué allá por los años 90. Inspirado en una noticia que leí en un periódico, cosa muy frecuente en mi obra, retrata las últimas horas de quien ya no encontraba su sitio en este mundo.
El beso de Fausto habla del amor más allá del tiempo y del espacio; de los mundos que desconocemos; del dolor por la pérdida; de la familia como núcleo vertebrador de nuestra existencia… Cierto es que El beso de Fausto puede leerse como un sueño, pero también como una pesadilla. Eso ya queda en manos del lector.
Allá él… allá tú.
Hoy encontrarás aquí la primera de las cuatro entregas que componen este relato.
Disfrútalo…

Leer: El beso de Fausto 1ª parte. Un relato de Oriol Villar-Pool

Leer: El beso de Fausto 2ª parte. Un relato de Oriol Villar-Pool

Leer: El beso de Fausto 3ª parte. Un relato de Oriol Villar-Pool

Leer: El beso de Fausto 4ª parte. Un relato de Oriol Villar-Pool


-Ya estamos, Señor. Son setecientas veinte pesetas-.

Ramón Alcántara descendió del taxi abrochando hasta el último botón de su abrigo. Eran las once y cuarto de una fría mañana de febrero y por fin, tras varios meses de intentonas, había conseguido que Arcadio Cifuentes, el director del centro Provincial de Salud Mental, le recibiese.

-El doctor Cifuentes. Por favor-.

Una gorda y antipática enfermera le hizo esperar en una inhóspita sala durante más de cuarenta minutos. Cualquiera que no esté loco, pensó Ramón, acabará tronado con tanto silencio.

– Ya puede pasar. ¡Sígame! -.

Aquel culo gordo embutido en su bata blanca, le dirigió con parsimonia por las largas galerías de un antiguo convento, en el que las monjas debieron ver a Dios de puro frío.
Pasillos y puertas; escaleras y patios; atentas miradas y extrañas sonrisas tras los cristales sobrecogían a Ramón.

– ¡ No se quede atrás ! – recriminó la gorda -, el doctor está esperando -.

Un loco con una enorme bufanda le pidió un pitillo. Ramón, que intentaba dejar de fumar, no supo qué decir. Un par de bofetadas del jamón titulado le sacaron de apuros.

Una barba bien cuidada; canas de actor de cine, unas bonitas gafas que magnificaban unos ojos claros. Alguien con un aspecto inocente al que no se le escapaba ni un solo gesto de Ramón…

– Buenos días, señor Alcántara… Siéntese, por favor…Usted me dirá -.

Ramón no sabía por donde empezar. Aquel hombre no coincidía en nada con la imagen que de él se había creado. No podía creer que aquel quien tenía frente a sí fuese el prestigioso psiquiatra con el que necesitaba hablar. Esperaba a alguien con aspecto algo más…, algo más…

– ¿Esperaba a alguien con un aspecto mas desgarbado, quizás?. ¿Alguien con un aspecto más parecido al de mis pacientes?; ¿Alguien con aspecto de psiquiatra probablemente?… Lamento desilusionarle, Señor Alcántara. Siento tener que decirle que no soy Jekill, pero lo que más me duele es no ser Mr. Hyde. A veces me gustaría poder desdoblar mi personalidad con la facilidad con la que cambian de registro mis inquilinos. Pero ya ve, en este reparto de utilidades que es la vida, me ha tocado sanar a los chalados y evitar que se tiren al tren o maten a sus hijos… Lo siento.

Ramón quedó estupefacto por la personalidad de Cifuentes. Su aspecto metódico, racional y académico, se había ido al traste con aquel discurso, más propio de un detective privado que del galeno sentado frente a él.

«Quizá lo consiga», pensó Ramón, y armándose de valor expuso el motivo de su visita.

-Mire, soy periodista – dijo con cierto tono de disculpa – pero no estoy aquí en calidad de tal, sino más bien por un asunto personal que me gustaría comentar con usted.

Ramón no sabía por donde empezar. Aquel hombre no coincidía en nada con la imagen que de él se había creado. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

-Le escucho – respondió interesado Cifuentes – Pero sea breve, por favor. Tengo muchos pacientes a los que atender, y en un lugar como éste, el método y la rutina son imprescindibles para conseguir una vida ordenada y en equilibrio. Ya me entiende.

-Usted trata a Paquita Fuentes desde hace diez años. ¿Verdad?

– ¿Paquita Fuentes…? Paquita Fuentes… Sí, creo que si. ¿Es aquella mujer de un pueblo que…?

– ¡Sí!, la misma. Pues aunque le cueste creerlo, temo que tengo en mi poder una información con la que no sé qué hacer, y que a usted puede venirle bien. No quiero entretenerle más. Le dejo esto para que le eche un vistazo cuando tenga tiempo y si le parece oportuno, me comunique sus impresiones.

-Ya, pero…

Cifuentes quería saber algo más. Aquello le parecía extraño incluso a él, que pasaba diez y doce horas diarias en aquel universo de penumbras y angustias ahogadas.

-Léalo, por favor. Prefiero que sea usted mismo quien vaya descubriendo todo lo que cayó en mis manos de forma desordenada y confusa. Solamente he transcrito lo que ocurrió durante el pasado verano, y que desde entonces no he podido arrancar de mis pensamientos.

Ahora prefiero dejarle solo… Unicamente le pido que me llame al teléfono que figura en la primera página. Gracias.

Alcántara salió de la habitación, y Cifuentes le observó por encima de sus gafas. No entendía nada, y nada de aquello parecía tener sentido. Pero lo cierto era que aquél maldito periodista del que apenas había podido retener su aspecto le había creado una incertidumbre sobre su paciente.

¿Qué tendría que ver Paquita Fuentes en todo esto? ¡Sí!, era cierto que él la trataba, pero tampoco era alguien especial en su trabajo. Mas bien todo lo contrario. Llevaba diez años mirando al vacío desde la ventana de su habitación. En todo aquel tiempo, lo único que había hecho era dar cuerda a una vieja cajita de música que reproducía día y noche un viejo bolero del que nadie había conseguido recordar el título.

Cifuentes trabajó durante todo el día. Visitó a todos sus pacientes. Mantuvo las conversaciones más disparatadas con gentes inconscientes de su edad, sexo y profesión. Adultos que se comportaban como niños. Criaturas con aspecto de ancianos. Vejestorios con pañales. Capitanes de navío. Abuelos respetables que vomitaban exabruptos de carretero. Alcohólicos rehabilitados. Delirium tremens amarrados a sus camas. Adolescentes que se negaban a comer hasta morir. Suicidas impenitentes. Ejecutivos exprimidos hasta el final. Pintores ciegos. Músicos sordos. Artistas sin talento…, y entre todos ellos, Paquita Fuentes. ¿Qué tendría que ver ella con Ramón Alcántara?

Al sonar las diez de la noche en el campanario de la catedral, Cifuentes cayó rendido frente a su mesa de despacho. Encendió un cigarrillo y aspiró con placer varias bocanadas de humo de importación. Frente a él, el dossier de Alcántara. Dudó en comenzar su lectura, pero una extraña atracción le llevó hacia él, y casi sin darse cuenta se enfrentó, en la soledad de la noche, a aquello que durante toda la jornada le había llamado en silencio…

Suicidas impenitentes. Ejecutivos exprimidos hasta el final. Pintores ciegos. Músicos sordos. Artistas sin talento…, y entre todos ellos, Paquita Fuentes. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

***

Mi nombre es Ramón Alcántara. El pasado mes de Junio, el día diez para ser exactos, me llamó una amiga de toda confianza, cuyo nombre no viene al caso. Me telefoneó para confirmar una cita con una de las mediums de mayor prestigio, reputación y crédito de toda la provincia.

Doña Sulfurosa, como se llama la vidente, tenía una agenda apretadísima. Yo había hablado en numerosas ocasiones con Ascensión, su mujer de confianza, secretaria y confesora, pero ésta con muy buenas palabras y mejores modos me había dado siempre con la puerta en las narices.

Reconozco que mi condición de periodista no era una buena carta de presentación en casa de alguien a quien la prensa había tratado siempre de santona de medio pelo. Pero ésto era precisamente, por considerarlo injusto, lo que yo trataba de investigar.

Viendo que mis artes de seducción no funcionaban con Ascensión, que argumentaba tener la consulta abarrotada hasta dieciseis meses después de mi visita. Lo cierto es que siempre que fui, la sala de espera rebosaba fieles en la más profunda oración. Pues bien, ante mi fracaso, me vi forzado a recurrir a una antigua compañera de facultad, de la que me separaban veinte años de desconocimiento, pero de quien conservaba un más que grato recuerdo por sus habilidades para interpretar el Tarot. Me costó localizarla, pero en cuanto le pedí que intercediese por mí ante Doña Sulfurosa, con quien yo sabía que mantenía muy buenas relaciones, abrió todas las puertas que me fueron necesarias.

Por fin, la noche del veintitres de Junio, víspera de San Juan, la Asociación Provincial de Esoterismo, Magia y Ciencias Paranormales, había organizado una sesión espiritista, en «petit comité», pero al más alto nivel. Toda la fuerza extrasensorial de la Comarca se iba a concentrar en la consulta de Doña Sulfurosa. Gracias a las artimañas de mi amiga, yo había sido invitado. No sé cómo, ni por qué, pero había sido citado a las diez de la noche, y allí pensaba estar.

Acudí a la casa con una puntualidad británica, nada frecuente en mí. La ocasión requería no perder detalle y mi artículo debía ser objetivo y serio. Pretendía hacer justicia, por difícil que resultase, de todo lo que viese y oyese durante aquella velada.

Me recibió Ascensión, que con fingida amabilidad me invitó a pasar a una habitación en la que todos me esperaban. La secretaria hizo los honores y me presentó una por una a aquellas personas, que sin mostrar demasiado interés por mí, me acogieron para cerrar el círculo mágico que se disponían a iniciar.

No tuve tiempo para fijarme en rostros ni espacios, pues las luces, de forma muy teatral, fueron perdiendo intensidad hasta sumir la pieza en una penumbra gobernada por una sola vela y la susurrante voz de Doña Sulfurosa, que resultó ser bastante más joven de lo que había imaginado.

Nadie me introdujo en lo que íbamos a hacer, y por ser profano en estas lides, me encontraba tenso y hacía verdaderos esfuerzos por vislumbrar mi entorno. En este momento, y dirigiéndose a mí, la vidente, unos cincuenta años de rollizo aspecto y mirada negra como la noche, dijo:

-Alcántara. Si usted no cree, será mejor que se vaya… Si desea permanecer aquí, tendrá que liberarse de sus prejuicios racionales y dar paso, en su mente y en su espíritu, a cosas sin explicación aparente… A las fuerzas que rigen el mundo… A la energía no canalizada hacia lo material… A las cavidades dormidas de su cerebro… Al alma que le gobierna y a los invitados que no ve.

Si está dispuesto a hacerlo, quédese. Si lo hace, su artículo será algo más que toda la basura que vierten a diario contra nosotros. Algo más que toda la estupidez que rige los destinos de una humanidad ciega.

No pude articular palabra. Sentí la mirada de los presentes fija en mí. Supongo que ella debió comprender que me tenía en sus manos, pues en aquel momento comenzó la sesión que relato.

Pretendía hacer justicia, por difícil que resultase, de todo lo que viese y oyese durante aquella velada. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLoscos Clic para tuitear

***

Cifuentes se revolvió en su butaca, encendió otro cigarro, miró al reloj de pared sin fijarse en la hora, y continuó la lectura, preso de la ansiedad por averiguar lo que pretendía Alcántara con aquello.

***

Omitiré los detalles referentes a la sesión por considerar que entorpecerían la exposición de los hechos que, supongo, a usted puedan interesarle por lo que hacen referencia a su paciente Paquita Fuentes.

Tras varios intentos por contactar con algún ánima dispuesta a comunicarse por boca de Doña Sulfurosa, por fin, cincuenta minutos después, alguien pareció interesado por nosotros. Se formularon las preguntas de rigor para comprobar la autenticidad de la conexión, y sobre todo la bondad o no de la posible puerta que acabábamos de abrir.

Tras ésto, todos apretamos nuestras manos con fuerza cuando se identificó alguien que dijo llamarse Doña María Luisa.

Maria Luisa explicó que había sido maestra sustituta durante un año en 1927, en un pequeño pueblo de Palencia; que tuvo que dejar de ejercer su profesión por la oposición familiar, pues ella fue la primera mujer asalariada del pueblo, cosa todo el mundo lo consideró una deshonra.

Que durante aquel año tuvo una alumna llamada Prudencia Torres, con la que hizo muy buenas migas, y a la que siguió tratando durante muchos años. Que murió en 1962 de un ataque de pena tras la pérdida de su marido. Que había sido muy feliz desde su muerte, y que aunque había escuchado en numerosas ocasiones las llamadas de Doña Sulfurosa y otros colegas suyos, nunca había sentido la necesidad de contactar con un mundo que no le había dejado disfrutar la vida… Y que si esta vez había respondido, no era por ella, a la que los «materiales» le importábamos muy poco, sino por Prudencia Torres.

A todos nos intrigó este contacto intermediario, y posteriormente todos los asistentes reconocieron aquella como la primera vez que un espíritu delegaba en otro para contactar en una sesión. Lo cierto es que Doña María Luisa Domínguez, como pude comprobar en mis investigaciones que se llamaba realmente, continuó con nosotros todavía un buen rato.

En su discurso, habló de aquella niña a la que dio clases en 1927; lo mona que era; lo feliz que fue siendo la menor de once hermanos que la adoraban; lo que la había querido su marido; lo sola que se quedó al morir su hermano Germán; la emoción tan grande que sintió al dar a luz a su hija Paquita, y años más tarde con el nacimiento de sus nietos, la última alegría de su vida.

Al igual que Cifuentes, nadie parecía entender nada de tan enrevesada historia cargada de personajes; ni qué tenían que ver los unos con los otros; ni a qué santo venía la insistencia de Doña María Luisa en la vida y milagros de Prudencia… Pero ninguno se movió por temor a perder el contacto que, aunque de gran intensidad, podía desvanecerse en cualquier momento.

La maestra decidió no divagar más, y con claridad docente nos introdujo a todos en materia, dejándonos con la boca abierta por el pasmo que su relato nos produjo.

Les cuento todo esto – afirmó Doña María Luisa – pues hace diez años que la señora Pruden, como se llamó mi alumna al hacerse una respetable madre de familia, comparte la eternidad junto a mí. En todo este tiempo ha vagado angustiada por el desequilibrio que el final de su vida terrena produjo a su hija. Nunca ha podido descansar, desasosegada por el estado en que Paquita lleva sumida todo este tiempo.

Las llamadas de Doña Sulfurosa han sido para Pruden su única esperanza para poder enmendar sus actos y devolver a Paquita al mundo de los cuerdos. Pero por mucho que les cueste creerlo, la vergüenza, el rubor, y el miedo siempre se lo han impedido.

Con claridad docente nos introdujo a todos en materia, dejándonos con la boca abierta por el pasmo que su relato nos produjo. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

Tras mucho intentarlo he conseguido que me autorice a transmitir a ustedes un relato exhaustivo sobre todo lo que ocurrió el día de su muerte, en un desesperado intento por conseguir que su hija pueda comprenderla y perdonarla. De este modo podrán reencontrarse, cuando lo estime el destino, como la madre y la hija que durante toda una vida habían sido.

El día de su muerte Pruden tenía setenta años. Su marido, Fausto, había fallecido veinte años atrás mientras trabajaba en el campo, lo que la dejó sola y triste. Sus diez hermanos la fueron abandonando uno tras otro, hasta que Germán, al que más quería, murió arrollado por un tren de cercanías en Avilés quince días antes de su propia muerte.

Aunque vivía sola en la casa en la que nació, Pruden recibía con frecuencia las visitas de sus vecinos, con los que charlaba durante interminables tardes en la placita frente a su hogar. Pero quienes realmente alegraban sus días eran sus dos nietos, Juan Manuel de tres años, y el chiquitín como ella llamaba al pequeño Diego, de once meses.

Todo en su vida presentaba una apariencia normal, y Pruden era moderadamente feliz, como casi todo el mundo. Pero la muerte de Germán le había afectado más de lo que sus familiares y amigos podían imaginar. Sólo ella sabía lo que significaba perder, poco a poco, a todos y cada uno de los miembros de su familia.

Pasaba las horas muertas observando una vieja fotografía que, colgada en el pasillo, reunía a todo el clan. En ella, sentados en el centro se encontraban sus padres, a su alrededor los once hijos del matrimonio. Los visitantes de la casa siempre se fijaban en aquel retrato. A Pruden con diez años se la reconocía por ser la menor. El resto parecían todos la misma persona con diferentes edades y sexo.

Resultaba divertido observar el sorprendente parecido que tenían los niños con su padre. Quienes los conocían, afirmaban que el parecido no era solo físico. Fausto había ejercido una increíble influencia sobre todos sus hijos, hasta el punto de crear una legión de seres formados a su imagen y semejanza. Se querían como pocos, y nunca se había oído en la casa una palabra más alta que otra. Cuando surgía la discusión, Fausto, como el supremo juez, sembraba la paz y la concordia, y nunca nadie detectó el más mínimo o resquemor entre ellos.

No era extraño que la pequeña Pruden creciese feliz, y que durante toda su vida fuese la perla preferida de todos los que la conocieron.

Pruden fue la última en contraer matrimonio, y lo hizo locamente enamorada de su novio de toda la vida, que para colmo de la perfección se llamaba Fausto como su suegro, al que igualmente quería y respetaba.

Al nacer Paquita la alegría fue infinita. Germán, el hermano preferido de Pruden, fue el padrino de la criatura a la que cuidó siempre como si de un segundo padre se tratase.

La relación entre Pruden y Germán fue siempre muy afectuosa y, aunque éste marchó muy joven a trabajar a Asturias, siempre se cartearon y ambos supieron todo de ellos incluso en los momentos más difíciles. No es de extrañar que al conocer Pruden la muerte de su hermano, le resultase imposible levantar cabeza. Pero las alegrías de sus dos nietecitos, pensó Paquita, le harían olvidar pronto su dolor y afrontar el día a día con renovada ilusión.

Pero todos se equivocaban.

Pruden sabía que ella sería la próxima en morir, y en su fuero interno luchaba entre la angustia del final de su mundo conocido, y la felicidad del reencuentro con quienes le habían hecho ser tan dichosa.

Paquita estudió y encontró trabajo y novio en la capital. El chico, Rosendo, era muy buena persona y accedió en ir a vivir al pueblo para que madre e hija pudiesen seguir juntas el mayor tiempo posible. Compró una casita a las afueras para salvaguardar su intimidad, esto Pruden que era muy comprensiva, lo entendió y sus relaciones fueron de madre e hijo.

Rosendo tenía una ferretería heredada de su padre, y había invertido en ella hasta su última moneda, en un intento por modernizar el negocio y hacerlo competitivo. Su padre lo había dejado envejecer en demasía y en aquellos momentos andaba sobrado de solera y escaso de clientes.

Pero todos se equivocaban. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

El matrimonio fue prosperando. A Paquita la nombraron jefa de telefonistas del hospital del Sagrado Corazón del Monte, lo que cada día le ocupaba más un tiempo que pasaba lejos de su madre.

El nacimiento de Juan Manuel primero, y de Diego después, devolvieron cierta actividad a Pruden. Aunque Paquita y Rosendo podían permitirse una guardería, pensaron que dejar a los niños con la abuela, hasta que tuvieran edad de ir al colegio, sería beneficioso para los tres. Y así fue en un primer momento. Pruden jugaba con las criaturas, y estos suspiraban por ir a casa de la «abuela Pruden» como la conocían en el pueblo.

Juan Manuel comenzó el colegio y Diego siguió al cuidado de su abuela durante varios meses. Hasta que el destino trajo la muerte de Germán. Pruden cayó sumida en una fuerte depresión y Diego en manos de una vecina de esas que siempre se ofrecen para todo.

-No tiene nada, solo tristeza.- Afirmó el doctor mientras rellenaba su recetario con docenas de nombres de píldoras que afectarían a Pruden en todos sus sentidos.

-La encuentro bien…, solo un poco triste.-, Aseveró, también, el cura párroco Don Damián, tras rezar el funeral por el pobre Germán que en paz descanse.

Continuará… Leer: El beso de Fausto 2ª parte. Un relato de Oriol Villar-Pool

 

© “El beso de Fausto” es un un relato de Oriol Villar-Pool