Joël Dicker con su Enigma de la habitación 622 plantea un triller retorcido y cargado de tramas y subtramas. Una historia compuesta por hasta cinco lineas temporales diferentes que en ocasiones  va embrollando de tal modo que el lector que este no sabe si se encuentra en el presente, en el pasado o quizá en el futuro. Y todo esto Dicker lo lleva a cabo con una habilidad pasmosa para retener la atención del lector. Un lector al que irá arrastrando por sus más de 600 páginas. Lo hará  hasta una última parte en la que ya nada es lo que parece. En la que ninguna de las suposiciones  o ideas del lector tienen ya ningún valor, pues a cada párrafo la historia va cambiando de rumbo. Va añadiendo sospechosos en donde no los había y liberando de sus culpas a quienes parecían predestinados a cargar con el peso de la ley.

El enigma de la habitación 622, la habilidad narradora de joël Dicker que te atrapa hasta la última página.

En una fría noche de diciembre, se hizo un descubrimiento impactante en el Palacio de Verbier: un cadáver que yacía en el piso de la habitación 622. Con la identidad de la víctima desconocida, la policía debe investigar y descubrir qué sucedió. Únase a nosotros mientras exploramos este misterioso caso y descubrimos quién estaba detrás de este crimen atroz.

Joël Dicker no tenía idea de que una estancia en el mismo hotel que había visitado años atrás lo llevaría a investigar un caso misterioso. Estaba allí para recuperarse de una ruptura desgarradora, pero pronto se encontró en medio de algo mucho más grande de lo que podría haber imaginado. A medida que profundizaba en el misterio, Joël se dio cuenta de que este encuentro casual estaba a punto de cambiar su vida para siempre.

El Palacio de Verbier es el escenario de una historia misteriosa y emocionante que se ha elaborado con la máxima precisión. La noche del incidente en el Palacio de Verbier está envuelta en misterio, dejando a todos preguntándose qué sucedió realmente. Como lectores, nos queda desentrañar los eventos de esa fatídica noche y descubrir lo que hay debajo.

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EL ENIGMA DE LA HABITACION 622 JOEL DICKER Oriol Villar Pool El Silencio de los locos

EL ENIGMA DE LA HABITACIÓN 622
JOËL DICKER, 2020
Nº de páginas: 624 págs.
Encuadernación: Tapa Blanda
Editorial: ALFAGUARA
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788420439389
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El enigma de la habitación 622…

Joël Dicker nos tiene acostumbrados en sus sus novelas a que éstas sean una, y mil veces, variaciones sobre un mismo tema. Con esta afirmación pretendo decir que el autor se centra en las investigaciones policiales (o sería más corecto decir parapoliciales en el caso que nos ocupa) de un crimen sucedido en el pasado. Un suceso luctusoso que por una serie de circunstancias, que iremos conociendo, retorna hasta el presente para dar pie a una nueva investigación. Lo hace con la intención de esclarecer aquello que nunca quedó resuelto por completo cuando sucedió.

Con esta premisa Joël Dicker da una vuelta de tuerca en este Enigma de la habitación 622 por el que él se convierte en un personaje más de una de sus tramas. Dice Joël Dicker que él no es realmente como el personaje que describe, y que todo es un juego metalingüístico. Aunque eso mismo pordríaa decirse de  Michel Houellebecq y mire usted todo lo que da de sí. Es cierto que en El enigma de la habitación 622  Dicker se apunta al juego de la autoficción y que lo hace con sentido del humor. Comienza por reirse de sí mismo y de las tribulaciones de un escritor exhausto  y abatido por el desamor y  la muerte de su mentor y editor Bernard de Fallois (1926-2018). De modo que  tras refugiarse en un paraiso suizo  con la intemndción de decansar su cuerpo y acalarar su mente, acabará metido en un embrollo tan apasionante como desquiciado.

Dicker se apunta al juego de la autoficción y lo hace con sentido del humor. #Joël Dicker #ElEnigmadelaHabitacion622 #EditorialALFAGUARA #OriolVillarPool #ElSilenciodelosLocos Clic para tuitear

Joël Dicker con su Enigma de la habitación 622 plantea un triller retorcido y cargado de tramas y subtramas. Una historia compuesta por hasta cinco lineas temporales diferentes que en ocasiones  va embrollando de tal modo que el lector que este no sabe si se encuentra en el presente, en el pasado o quizá en el futuro. Y todo esto Dicker lo lleva a cabo con una habilidad pasmosa para retener la atención del lector. Un lector al que irá arrastrando por sus más de 600 páginas. Lo hará  hasta una última parte en la que ya nada es lo que parece. En la que ninguna de las suposiciones  o ideas del lector tienen ya ningún valor, pues a cada párrafo la historia va cambiando de rumbo. Va añadiendo sospechosos en donde no los había y liberando de sus culpas a quienes parecían predestinados a cargar con el peso de la ley.

Juega Joël Dicker con una idea brillante, pues cuando el lector se enfrenta a una novela de género policiaco (aunque ésta como todas las demás de su autor lo hacen de un modo atípico y personal), uno suele intentar descubrir al autor de un crímen. Un asesinato cuya víctima nos es presentada desde el principio (insito en líneas generales suele ser así). Pero en este caso que nos ocupa es cierto que todos los integrantes de esta apasionanrte novela, ya sea los que intervinieron en el pasado, como quienes se enfrentan a ella ahora en el prsente, conocen la identidad de la víctima. Pero es esta un información de la que privarán el lector hasta casi  las últimas páginas del libro. Ésto hace que la lectura sea cada vez más intrigante, pues iremos descubriendo sospechosos de un asesinato cuya víctima nos es escamoteada deliberadamente.

Joël Dicker da vueltas y más vueltas a unos sucesos y los observa desde tatos ángulos diferentes que resulta difícil no sentirse una capa más de la cebolla. Una cebolla que el autor va pelando y que nos irá aportando pequeñas cápsulas de información para que de ese modo podamos crear nuestro propio universo. Nuestro propio croquis en pared con todas las líneas argumentales y los posibles sospechosos, a modo de un agente del FBI.

El enigma de la habitación 622 tiene la cualidad, como casi todo lo que escribe Joël Dicker, de atrapar al lector, de sumergirlo en los laberintos de su narración y de hacer que éste no suelte el libro hasta caer rendido por el agotamiento de la madrugada.

iremos descubriendo sospechosos de un asesinato cuya víctima nos es escamoteada deliberadamente. #Joël Dicker #ElEnigmadelaHabitacion622 #EditorialALFAGUARA #OriolVillarPool #ElSilenciodelosLocos Clic para tuitear

Por poner algún pero, podría decirse que en oscasiones el texto parece algo descuidado y que los acontecimientos, en ocasiones (muchas podría decir) parecen cogidos demasiado por los pelos. De ahí que haya titulado este post como Un culebrón estilizado, pues así me parece entenderlo y creo imaginar que así lo diseñó su autor. Pero a pesar de estae calificativo que podría parecer algo despectivo, he de reconocer igualmente que Joël Dicker dota a su relato con las misma cualidades con la que suelen contar los culebrones al uso, son entretenidos, apasionantes y adictivos. Tan solo por estas razones merece la pena dedicar a El Enigma de la habitación 622 una semana de tu tiempo. Puedo asegurarte que por despacio que leas, será tiempo suficiente para devorar esta novela.

Joël Dicker

Joël Dicker nació en Suiza en 1985. En 2010 obtuvo el Premio de los Escritores Ginebrinos con su primera novela, Los últimos días de nuestros padres (Alfaguara, 2014). La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara, 2013), fue galardonada con el Premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, el Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa y, en España, fue elegida Mejor Libro del Año por los lectores de El País y mereció el Premio Qué Leer al mejor libro traducido y el XX Premio San Clemente otorgado por los alumnos de bachillerato de varios institutos de Galicia.

Traducida con gran éxito a cuarenta y dos idiomas, se ha convertido en un fenómeno literario global. Alfaguara también ha publicado su relato El Tigre (2017) y sus novelas El Libro de los Baltimore (2016), en la que recuperaba el personaje de Marcus Goldman como protagonista, La desaparición de Stephanie Mailer (2018) y El enigma de la habitación 622 (2020), novela ganadora del Premio Internacional de Alicante Noir. Su última novela hasta el momento es El caso Alaska Sanders (ALFAGUARA 2022), la esperada secuela de El caso Harry Quebert y El libro de los Baltimore

A principios de verano de 2018, cuando acudí al Palace de Verbier, un prestigioso hotel de los Alpes suizos, estaba lejos de imaginar que me iba a pasar las vacaciones resolviendo el crimen que se había cometido en el establecimiento muchos años antes.

Supuestamente, mi estancia allí iba a ser un ansiado respiro después de dos cataclismos a pequeña escala que habían acontecido en mi vida personal. Pero antes de contaros lo que pasó ese verano, tengo que volver primero a lo que dio origen a toda esta historia: la muerte de mi editor, Bernard de Fallois.

Bernard de Fallois era el hombre a quien le debía todo.

El éxito y la fama los había conseguido gracias a él.

Me llamaban «el escritor» gracias a él.

Me leían gracias a él.

Cuando lo conocí, yo era un autor a quien ni siquiera habían publicado: él hizo de mí un escritor leído en el mundo entero. Con su aspecto de patriarca elegante, Bernard había sido una de las personalidades más destacadas del mundo editorial francés. Para mí fue un maestro y, sobre todo, pese a llevarme sesenta años, un gran amigo.

Bernard falleció en el mes de enero de 2018, a los noventa y un años, y reaccioné a su muerte como lo habría hecho cualquier escritor: me lancé a escribir un libro sobre él. Me entregué a ello en cuerpo y alma, encerrado en el despacho de mi piso del 13 de la avenida de Alfred-Bertrand , en el barrio de Champel de Ginebra.

Como siempre que estaba escribiendo, la única presencia humana que podía tolerar era la de Denise, mi asistente. Denise era el hada buena que velaba por mí. Siempre de buen humor, me organizaba la agenda, seleccionaba y clasificaba la correspondencia de los lectores, y releía y corregía lo que yo había escrito. Llegado el caso, me llenaba la nevera y me reponía las provisiones de café. Y, para terminar, se adjudicaba cometidos de médico de a bordo, presentándose en mi despacho como si subiera a un barco después de una travesía interminable, y me prodigaba consejos de salud.

—¡Salga de aquí! —me ordenaba afectuosamente—. Vaya a dar una vuelta por el parque para ventilarse las ideas. ¡Lleva horas encerrado!

—Ya fui a correr esta mañana —le recordaba yo.

—¡Tiene que oxigenarse el cerebro a intervalos regulares! —insistía.

Era casi un ritual cotidiano: yo obedecía y salía a la terraza del despacho. Me llenaba los pulmones con unas cuantas bocanadas del aire fresco de febrero y luego, desafiándola con una mirada guasona, encendía un cigarrillo. Ella protestaba y me decía con tono consternado:

—Que lo sepa, Joël, no le pienso vaciar el cenicero. Así se dará cuenta de cuantísimo fuma.

Todos los días me imponía a mí mismo la rutina monacal que seguía cuando estaba dedicado a escribir y que constaba de tres etapas indispensables: levantarme al alba, ir a correr y escribir hasta por la noche. De modo que, indirectamente, fue gracias a este libro como conocí a Sloane. Sloane era mi nueva vecina de rellano. Se había mudado hacía poco y desde entonces todos los residentes del edificio hablaban de ella. Por mi parte, nunca había tenido ocasión de conocerla. Hasta esa mañana en que, al volver de mi sesión diaria de deporte, me topé con ella por primera vez. Ella también venía de correr y entramos juntos en el edificio. Entendí en el acto por qué todos los vecinos coincidían al hablar de Sloane: era una joven con un encanto que te dejaba sin recursos. Nos limitamos a saludarnos educadamente antes de meterse cada cual en su casa. Yo me quedé alelado detrás de la puerta. Me había bastado ese breve encuentro para empezar a enamorarme.

Al poco tiempo, solo tenía una cosa en mente: conocer a Sloane.

Intenté un primer acercamiento aprovechando que los dos salíamos a correr. Sloane lo hacía casi todos los días, pero sin horario fijo. Me pasaba horas deambulando por el parque Bertrand hasta que perdía la esperanza de encontrármela. Y, de pronto, la veía pasar fugazmente por una avenida. Por regla general, me resultaba imposible alcanzarla y la esperaba en el portal de nuestro edificio. Me impacientaba delante de los buzones y fingía que estaba recogiendo el correo cada vez que un vecino entraba o salía, hasta que por fin llegaba ella. Pasaba delante de mí, sonriéndome, y yo me derretía y me quedaba tan turbado que, antes de que se me ocurriera algo inteligente que decirle, ya se había ido a casa.

Fue la portera, la señora Armanda, la que me informó sobre Sloane: era pediatra, inglesa por parte de madre, y su padre era abogado, había estado casada dos años pero no salió bien. Trabajaba en los Hospitales Universitarios de Ginebra y alteraba el horario diurno y el nocturno, por eso me costaba tanto entender su rutina.

Después del fracaso de no coincidir con ella cuando salía a correr, decidí cambiar de método. Le encomendé a Denise la misión de vigilar el pasillo por la mirilla y avisarme cuando la viera aparecer. En cuanto oía las voces de Denise («¡Está saliendo de casa!»), yo salía corriendo del despacho, peripuesto y perfumado, y me plantaba a mi vez en el rellano, como por casualidad. Pero lo más que hacíamos era saludarnos. Ella solía bajar a pie, lo que impedía entablar cualquier conversación. Y aunque le pisaba los talones, ¿de qué me servía? En cuanto Sloane llegaba a la calle, desaparecía. Las poquísimas veces que cogía el ascensor, yo me quedaba mudo y en la cabina reinaba un silencio incómodo. En ambos casos, yo volvía a subir a casa con las manos vacías.

—¿Y bien? —me preguntaba Denise.

—Pues nada —mascullaba yo.

—Pero, Joël, ¿cómo puede ser tan inútil? ¡A ver si nos esforzamos un poquito!

—Es que soy algo tímido.

—¡Venga ya, déjese de monsergas! En los platós de televisión no se le nota nada tímido.

—Porque a quien ve usted por televisión es al Escritor. Pero Joël es muy distinto.

—¡Pero vamos a ver, Joël, tampoco es tan complicado! Llama usted a la puerta, le regala unas flores y la invita a cenar. ¿Le da pereza ir a la floristería, es eso? ¿Quiere que me encargue yo?

Entonces llegó esa noche de abril, cuando fui a la Ópera de Ginebra, yo solo, a ver la representación de El lago de los cisnes. Y hete aquí que en el entreacto, al salir a fumar un cigarrillo, me topé con ella. Cruzamos unas palabras y, como ya estaba sonando el aviso para volver a la sala, me propuso ir a tomar algo juntos después del ballet. Quedamos en el Remor, un café a unos pasos de allí. Así fue como Sloane entró en mi vida.

Sloane era guapa, divertida e inteligente. Sin lugar a dudas, una de las personas más fascinantes que he conocido. Después de la noche del Remor, la invité a salir varias veces. Fuimos a conciertos y al cine. La llevé a rastras a la inauguración de una exposición de arte moderno infumable donde nos dio un ataque de risa y de la que salimos huyendo para ir a cenar a un restaurante vietnamita que le encantaba. Pasamos varias veladas en su casa o en la mía, escuchando ópera, charlando y arreglando el mundo. Yo no podía dejar de comérmela con los ojos: estaba postrado ante ella. Cómo entornaba los ojos, cómo se retocaba el pelo, cómo sonreía levemente cuando algo le daba apuro, cómo jugueteaba con los dedos de uñas pintadas antes de hacerme una pregunta. Me gustaba todo de ella.

El enigma de la habitación 622, Joël Dicker (ALFAGUARA 2020)

 

La crítica opina sobre El enigma de la habitación 622 de Joël Dicker.

Creo que ha sido una novela en la que Dicker se ha puesto contra las cuerdas.
Marina Sanmartín, ZENDA

El arte y la destreza de un contador de historias nato, de alguien que parece haber nacido con el don de envolver a quien le lea con su narración. Esta novela es una caja de sorpresas dentro de una caja de sorpresas, casi una muñeca rusa interminable, una historia donde los personajes se engañan, son engañados y a veces se engañan a sí mismos, lo que es una especie de última vuelta de tuerca.
Lorenzo Silva

La novela más oimpresionante que nos ha regalado Joël Dicker.
Pierre Vavasseur, LE PARISIEN

Voluntad, secretos e intriga: el camino al éxito. El autor superventas lleva la trama de su nueva novela al ámbito financiero en Suiza y construye un thriller híbrido en el que juega con él mismo como personaje. Se pueden decir muchas cosas, y se han dicho, sobre Joël Dicker, pero no que no sepa lo que quiere, cómo conseguirlo y a quién se lo debe.
Juan Carlos Galindo, El PAÍS

Cuando abres un libro de Joël Dicker no puedes soltarlo: […] un thriller diabólico, construido con la precisión de un reloj suizo. […] Dicker vuelve a regalarnos su mundo y su manera de conectar con el lector. Sus historias, una vez más, nos llevarán de la mano a lo más profundo de la mente humana.
CULTURA INQUIETA

Una caja de sorpresas dentro de una caja de sorpresas, casi una muñeca rusa interminable, una historia donde los personajes se engañan, son engañados y a veces se engañan a sí mismos, lo que es una especie de última vuelta de tuerca.
Ana de Castro, TRENDENCIAS

La seducción del universo Dicker: […] una atmósfera de misterio que atrapa a los lectores.
Lara Gómez Ruiz, LA VANGUARDIA

Una compleja arquitectura literaria a base de flashbacks, laberínticos interludios, equívocos argumentales y un suspense en la mejor tradición de Agatha Christie o el Mr. Ripley de Patricia Highsmith.
Vanessa Graell, EL MUNDO


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© «El enigma de la habitación 622| Un culebrón estilizado de Joël Dicker.» es una reseña de Oriol Villar-Pool