El desorden era considerable. Ropa, zapatos y un par de medias, yacían sobrela alfombra. Un reguero de botellas de whisky, coñac y vodka, dirigieron la mirada de Max hasta la cama de matrimonio. Esa misma cama que hacía tanto toiempo que no cumplía su función.

Allí, semidesnuda y con la boca entreabierta, Susan parecía haber caído  a plomo. Roncaba de modo intermitente compietiendo con con la melacólica melodía que se insinuaba desde el pequeño transistor con el que siempre se quedaba dormida. Cheb Mami, el príncipe de la música rai, se insinuaba al ritmo del luminoso del pequeño burdel de la esquina. Los destellos de color pintaban el techo con el ritmo repetitvo del amor de pago.

 

EL DESORDEN ERA CONSIDERABLE.

-¡Será gilipollas ! – pensó Max . – Racista como pocas y dormida con un moro.

Max se desvistió muy despacio. Comprobó la profundidad del sueño de Susan. Se encaramó sobre ella,  y como un jinete colocó una pierna a cada lado de su cintura. Fijó la mirada en su rostro. Apartó de un manotazo la botella de cognac que rodaba entre las sábanas. Entonces y muy, muy despacio,  izando ambos brazos elevó el martillo hacia el cielo.

Apretó sus rodillas con brío contra las caderas de Susan. Ambos cuerpos se agitaron bruscamente.

Susan entreabrió sus ojos con dificultad. Al reconocer a Max  sonrió semiconsciente. Pero su gesto se congeló al cruzar su mirada con la de Max y distinguir el arma en lo más alto de la habitación.

Cheb Mami recordaba amores lejanos cuando Max asestó el primer golpe seco en el rostro de Susan.

Apretó sus rodillas con brío contra las caderas de Susan. Ambos cuerpos se agitaron bruscamente. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

La golpeó una y otra vez. Lo hizo con odio y lo hizo con saña. Lo hizo hasta que la cabeza de la mujer a la que había amado se  desfiguró hasta lo irreconocible.

Un amasijo de dientes y de sangre;  de huesos astillados y sesos… Eso era lo único que ya quedaba de Susan.

Una pestilente mezcla de vísceras y cognac era tan intensa que Max sintió ganas de vomitar.

Pero era tan feliz, que prefirió beber. Con un largo trago brindó por la nueva vida de su mujer.

MAX MIRO EL AMASIJO QUE HABÍA SIDO SU ESPOSA.

Durante largo rato, Max observó el amasijo que yacía sobre la cama y que había sido su esposa.

La amortajó con la mejor sábana del ajuar. Tiró del cadáver por los pies y lo arrastró con dificultad por toda la casa.

La cabeza de Susan, o lo que de ella quedaba, golpeó con fuerza en cada uno de los dieciséis escalones que llevaban hasta la planta baja.

Como una esponja húmeda, dejó espesas manchas de sangre que marcaban su rastro en la moqueta.

Max tendió el cuerpo sobre una mesa en el jardín.

Descubrió el cadáver, y la sábana se deslizó con teatralidad hasta caer al suelo.

Bajo el baño azul de la luna llena la escena cobró el aspecto de un macabro altar preparado para el sacrificio.

La cabeza de Susan, o lo que de ella quedaba, golpeó con fuerza en cada uno de los dieciséis escalones que llevaban hasta la planta baja. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

Max cogió unas velas de un cajón de la cocina. Las prendió una a una, con la parsimonia de quien está más allá que aquí. La colocó de manera ordenada y con esmero alrededor de Susan.

Desenvainó una Katana, que presidía el salón desde que su amigo Murnau se la trajera del Japón.  Con solemnidad nipona avanzó un paso y luego otro hacia el cuerpo desfigurado de su esposa. La observó. Se recreó en su mirada durante un buen rato.

Los cirios se consumían con lentitud, lo que aportaba un ligero tono cálido a la fría noche.

El torso desnudo de Max reflejaba la luna. El fondo de sus ojos parecía concentrar el nervioso titilar de las velas.

Obedeciendo órdenes ciegas. Poseído por una zazón inescrutale. Max  con el frenético ritmo de la muerte, asestó cientos de sablazos secos sobre el cuerpo de Susan. Tal fue la furia pero tal la meticulosidad del ataque y tan magnífico era filo de la katana que Susan, aunque mutilada, aun conservaba  forma humana.

Max golpeó con auténtica fruición durante un buen rato. Entonces, sumido en un trance que le dominaba, se dejó caer arrolidandose frente al picadillo con el que estuvo casado.

La sangre de Susan había regado todo su cuerpo. Su pelo viscoso y planchado, le daba un aspecto vampírico.

La tensión iba dominando a Max. Su trance era cada vez más profundo. Sus músculos de hierro y sus venas, que a punto de estallar regaban aceleradamente su cuerpo, le hacían sentir con gran intensidad los terribles latidos de su corazón.

Extendió sus brazos al máximo, elevándolos con lentitud hacia la luna, al tiempo que el cuerpo troceado de Susan comenzó a levitar.

El cadáver flotaba a más de dos metros del suelo.

Max, en pie, balbuceaba algo indescifrable. Por la comisura de sus labios brotaba una espuma blanquecina.

Miró las estrellas alzando sus brazos al máximo.

El cuerpo de Susan ascendió a las alturas. Cada parte de ella tomó un diferente rumbo. Max inundó el firmamento con la carne despedazada de la aquella  a la que un día prometió amor, respeto y fidelidad. Tras unos instantes que parecieron toda una eternidad, aquel confeti sangriento que había sido su esposa se confundió con el universo.

Max, en pie, balbuceaba algo indescifrable. Por la comisura de sus labios brotaba una espuma blanquecina. #OriolVillar #ElSilenciodeLosLocos Clic para tuitear

EN LA RADIO SONABA «BLUE MOON».

En la radio Elvis cantaba «Blue Moon».

Max, permanecío tumbado sobre el césped. Las velas agonizaban entre sus últimos suspiros.  Bebió un largo trago de cognac. Sonrió mirando al cielo estrellado y  exclamó:

-¡Feliz aniversario, cielo!

 

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