En ocasiones un viejo amor entra por la puerta de un viejo local en el que te encuentras comiendo en soledad. Es entonces cuando puedes tener la tentación de salir corriendo, de pedir al cielo que la tierra te engulla con dedicación y eficiencia, o puedes también y eso es más que recomendable, observar. Mirar a quien en otro tiempo lo fue todo para ti. Observar detenidamente detrás de un menú cada paso, cada movimiento, cada palabra y cada gesto de aquella por quien vivias y por quien acabaste al borde de la muerte.

Tras tu parapeto, tu mirada y tu oído agudizado por la curiosidad y el recuerdo, te permiten comprobar el estado de las cosas. Puedes escrutar el paso del tiempo por quien parecía que éste nunca iba  a hacer mella. Y puedes  comprobar con cierto agrado que, aunque bien llevados, las noches y los días también han pasado para ella.

Pero la curiosidad mata al gato y si no eres capaz de frenar ese placer de voyeur, de inmediato, puede que acabes descubriendo lo que nunca, por sospechado, hubieras querido saber.

Si te apetece dar tu opinión no dudes en hacerlo en los comentarios que encontrarás al final del texto. Me encantará conocer tus opiniones sobre este poema y el tema tratado en él.


Fingí no verte.

Entraste en el bistró como si nada

alabaste el menú.

Observaste con una sonrisa

a los presentes en el local.

 

Tus ojos no brillaban como antaño.

 

El tiempo había dibujado su poso en ti,

aunque lo ocultabas bien.

 

Hacía ya más de veinte años de aquello.

No sé si me llegaste a reconocer,

yo no te había olvidado.

Tan solo te creía un recuerdo

apostado dentro de mi.

 

Pero sentirte tan cerca

trajo hasta mi tu calor.

 

No supe si decir algo.

No supe qué hacer

y lo dejé pasar.

 

Fingí no verte y te dejé marchar.

 

Te seguí unas manzanas,

te veías hermosa al caminar.

Amplié la distancia

cuando le vi llegar.

Era más guapo, más joven y

sin duda más feliz que yo.

 

Comprendí entonces tu sonrisa

y el brillo de tu piel.

El destello en tu mirada y

el dulce sabor de tu voz.

 

© “Fingí no verte.” es un poema de Oriol Villar-Pool