En un tiempo en el que me dediqué a la docencia pude conocer a mucha gente que no tenía  el más mínimo horizonte en su vida. Por desgracia eran la mayoría y el tiempo ha demostrado que era así. Pero también había excepciones.

En ocasiones  podía disfrutar del placer de formar a quien sí quería aprender y de guiar a quien sí deseba serlo. Era precisamente esa fortaleza y ese espíritu luchador de algunas de aquellas de mis alumnas – pues generalmente eran mujeres- los que me motivaban en mi trabajo y me hundían en mi vida. Sabía que con esa entrega y esa ilusión, no tardarían en despuntar y pronto volarían hacia un futuro cargado de sorpresas.

¿Y yo? ¿Qué hacía yo? Con suerte seguiría impartiendo clase a gentes que cada curso serían un año más jóvenes que yo.  A personas a las que en su mayoría no interesaba ni una sóla de mis palabras. De ahí nace Grimal. De ahí y de una de aquellas ninfas que además de mi interés cautivó mi corazón.
Va por ti allá en donde estés, aunque nunca sepas que eres tú.


Grimal corrió despavorido surcando la oscuridad del bosque. El miedo se había apoderado de él al adentrase por el sendero hacia ninguna parte…

Grimal siempre quiso emprender ese viaje. Pero demasiadas cosas y ninguna  importante, le retenían encadenado en la Gran Mansión. Allí en donde todos lloraban durante el día para dormir con placidez en las frías noches de invierno.

Grimal no era más que un duende ingenioso y divertido. Sus inseguridades y sus miedos aumentaban al caer cada noche.  En su vida cada suceso había ocurrido despacio y con firmeza. Lo cierto era que casi sin ningún  esfuerzo el destino le había colocado en su actual posición dentro de la férrea jerarquía que regía la Gran Mansión.

Grimal era instructor y enseñaba a volar a los aspirantes a la guardia del palacio. A pesar de su posición siempre albergaba serias dudas sobre su capacidad para ese o cualquier otro puesto. En las bodegas, el oscuro lugar  en donde entrenaba a sus pupilos todo el mundo le consideraba y mostraba su afecto. Esto le hacía sentir importante. Se sentía grande al observar desde lo alto  a sus educandos pidiendo consejo unas veces, y socorro las más.

Por lo general esta situación le alagaba. Pero al mismo tiempo sentía una profunda tristeza cuando en las largas y estrelladas noches observaba desde la ventana de su confortable y cálida habitación el sendero hacia ninguna parte.  En la lejanía aquel camino firme y misterioso, penetraba en el oscuro bosque. Cuantas veces Grimal hubiese querido ruzar el umbral de la puerta principal de la Gran Mansión. Cómo hubiera querido partir con tan sólo un pequeño hatillo, y caminar hasta descubrir lo que el destino deparaba tras la última cima que recortada el negro cielo de su pensativa noche.

Una fría mañana Grimal revoloteaba sin rumbo por los alrededores de la Gran Mansión. Imaginaba ser el más afamado acróbata aereo. #OriolVillar #Relato Clic para tuitear

Una fría mañana Grimal revoloteaba sin rumbo por los alrededores de la Gran Mansión. Imaginaba ser el más afamado acróbata aereo. En su fantasía era vitoreado por una multitud entregada… Tras unas matas escuchó una tímida risita que le pareció infantil. Se aproximó con sigilo y ocultó su curiosidad tras unos arbustos. Desde su escondite observó a una bella ninfa que sin perder su sonrisa se recuperaba de una aparatosa caida.

Tan bella era la niña. Tanto impresionó a Grimal el talante alegre y la entereza de la ninfa que  él también rió. La mnirda dela ninfa se volvió hacia grimal que se sintio descubierto en su refugio.  Las miradas de ambos se cruzaron a través del bosque. Grimal abandonó  su escondite avergonzado. Se acercó caballeroso a socorrer a la jovencita, cosa que ésta agradeció sonrojándo con timidez sus mejillas. Con afecto paternal, Grimal, tendió una mano a la nña. Ésta la aceptó por no ofenderle.  Lo cierto es que no necesitaba su ayuda, pero agradeció el bonito gesto luciendo unas divertidos dientecilos tras su sonrisa.

Grimal ofreció a la niña unos prácticos consejos para evitar más caídas peligrosas. Ella se mostró agradecida y levanó el vuelo. En la lejanía podía escucharse una encantadora risita ingenua y segura al mismo tiempo.

Llovía a cántaros. Una gran tempestad azotaba las nevadas cumbres que definían el horizonte. Grimal, sentado en lo más alto del torreón más alto de la Gran Mansión disfrutaba, empapado y pensativo del bello espectáculo que le bridaba la naturaleza.

Llovía a cántaros. Una gran tempestad azotaba las nevadas cumbres que definían el horizonte. #OriolVillar #Relato Clic para tuitear

Como cada noche, los habitantes de la Gran Mansión soñaban con placidez. Como todas las noches Grimal era el único que no dormía en la fortaleza. Hacía frío y su cuerpo helado tiritaba haciendo sonar todos y cada uno de los cascabeles que adornaban su uniforme.

El agua de la lluvia recorría todo su cuerpo. Grimal  chapoteaba distraído en el charco formado bajo sus pies. Recordaba, melancólico, aquella risita que le cautivara no hacía tanto tiempo.

De pronto. Frente a él pasó en un vuelo veloz y acrobático la ninfa de sus desvelos. Grimal permaneció inmóvil. Aquella demostración de vuelo y aquellas acrobacias que el sólo soñaba con llegar a realizar le estremecieron.

En un profundo silencio observó durante un buen rato a la ninfa. Aquella exhibición que para ella parecía ser sólo un juego, a grimal le dio mucho en qué pensar. Aquella aprendiza tenía grandes facultades para el vuelo. Sin duda más que él, pensó Grimal.  La ninfa era feliz disfrutando de esos instantes de vuelo y de libertad. Esa era una gran virtud que le peritiría tomar grandes decisiones algún día. Grimal se preguntaba por qué él no podría hacer lo mismo, en vez de lamentarse  con la mirada perdida en el horizonte.

La ninfa congeló  su vuelo frente a Grimal. Éste la observaba con sus grandes ojos rotos por un llanto interno. Se miraron en silencio. Ella tartamudeó avergonzada al  dar toda una serie de explicaciones que Grimal no escuchó. La angustia y la emoción le impedían comprender sus palabras.

Permanecieron durante un rato mirándose sin decir una sóla palabra. Fue ella quien dio el primer paso y se acerco con cierta timidez a Grimal, Él le ofreció cobijo bajo sus alas. De este modo pasaron ambos en animada y divertida conversación, el resto de la noche. Nada era lo suficientemente importante como para distraerlos en ese instante que parecía no tener final. Ella  hablaba muy deprisa moviendo nerviosa sus piececitos. A él  le estallaba el corazón. Ella era emprendedora y decidida, y en su jóven vida todo eran grandes proyectos por lo que lucharía con firmeza y sin descanso.

Ella hablaba y hablaba como si temiese al silencio. Él la escuchaba fascinado sintiendo la proximaidad de su calor.

Ella hablaba y hablaba como si temiese al silencio. Él la escuchaba fascinado sintiendo la proximaidad de su calor. #OriolVillar #Relato Clic para tuitear

Pero la noche tocó a su fin. Un tímido y rojo sol despertó tras aquellas cimas rocosas otrora turbulentas. El día invadió el valle ante sus ojos y el sendero hacia ninguna parte que penetraba en el bosque se mostraba tentador.

Ella rompió el largo silencio con el que ambos habían contemplado el bello amanecer. Confesó que al finalizar su preparación como ninfa voladora de primera clase, tomaría aquella ruta para descubrir nuevas tierras, nuevas gentes o lo que hubiese en el horizonte de ninguna parte.

Aquellas palabras cayeron como una losa sobre Grimal, al quien tanto costaba tomar cualquier decisión.

Grimal había recapacitado mucho sobre todo lo que vio, escuchó y sintió en sus dos encuentros con la ninfa, a la que no había vuelto a ver desde aquella mágica y reveladora  noche de tormenta.

Durante toda la jornada había esperado ansioso la llegada de la noche. Al caer el sol todos celebrarían  el final del entrenamiento y la entrega de diplomas. Grimal, asistió nervisoso a la fiesta. No tenía ninguna gana d ehacerlo, pero no quería que nadie acusase su ausencia.  Estaba decidido a emprender su marcha por el sendero hacia ninguna parte y a descubrir así aquel otro mundo que tanto le atraía y a la vez inquietaba.

Buscó con la miarada a su amiga entre la multitud bulliciosa. Como siempre que había intentado encontrarla, la tarea resultó intructuosa.

Grimal abandonó con discreción la Gran Mansión. Dejó tras él todos los enseres y ataduras que le habían retenido allí durante tanto tiempo. Decidido, comenzó a  surcar el sendero.  La débil luz de una luna de cuento iluminaba sus pasos. Las sombras recortaban las siluetas de los árboles, que cobraban una dimensión mágica y cargada de misterio.

Grimal caminaba pensativo.  Se detuvo, y casi contra su voluntad, no pudo evitar volver su mirada hacia el pasado. Allí en la Gran Mansión una explosión de júbilo bañaba de luces de colores el universo.

Devolvió su mirada hacia adelante y retomó la marcha con paso firme hasta perderse en la noche del bosque.

La tensa calma de la espesura pareció explotar. Una terrible corriente de vinto del norte arrojó a Grimal contra las rocas. El ruido era ensordecedor y el terror le sumergió en las negras sombras que él tanto había temido y de las que nunca había estado tan cerca.

Cuando recobró la consciencia, Grimal corrió despavorido, sin certeza de si iba o venía, ni de en dónde estaría seguro.

En su alocada carrera sus propias sombras le acobardaban aún más. Los cascabelitos que adornaban su uniforme repicaban en su cabeza como campanas asesinas.

Grimal corrió despavorido, sin certeza de si iba o venía, ni de en dónde estaría seguro. #OriolVillar #Relato Clic para tuitear

Fue en ese momento cuando casi chocó con el cuerpecillo de la ninfa que le observaba sonriente. El contacto con sus pequeñas alitas y la risita divertida de la niña le calmaron. Pero su tranquilidad se transformó de inmediato en un espantoso ridículo. Trató de mentir inventando alguna fantástica historia, pero los brillantes ojos de la ninfa le impidieron hacerlo. No sabía por qué, pero fue sincero con ella como nunca lo había sido con nadie. Entregó  su alma y su conciencia con una transparencia que ni él mismo podía creer.

Ella le escuchó sin perder su sonrisa por un sólo instante. Grimal parloteaba sin cesar y a sus ojos, la ninfa, cobraba una dimensión cada vez más irreal e imponente. La observaba y la veía cada vez  más tierna, protectora y atractiva. La sentía bella como nuca antes lo había hecho.

Ella escuchó y escuchó. Tras un largo rato miró fijamente a Grimal a sus ojos ya tranquilos y dijo:

-Yo sigo un camino parecido al tuyo.. Pero quiero viajar sola… Tú debes hacer lo mismo y fijar con firmeza tu rumbo.

-Pero. ¿Y los monstruos que habitan en el bosque?- interrumpió él.

-No hay más monstruos que los que tú quieras crear. – Aseveró la ninfa con gran seguridad.

-No hay más monstruos que los que tú quieras crear. - Aseveró la ninfa con gran seguridad. #OriolVillar #Relato Clic para tuitear

El corazón estallaba en el pecho de Grimal. La emoción, el terror y el amor le habían golpeado con fuerza y a un mismo tiempo. En aquel pinstante tomó lafirme decisión de no volver a temer nunca  a nada sin enfrenterse a ello primero.

Aquella noche fue la primera del resto de sus noches. Nunca jamás volvió Grimal a saber de la ninfa, pero siempre tuvo la sensación de tenerla junto a él y de que ella era feliz.

Todas las noches desde entonces daba las gracias por haberla conocido y deseaba intensamente que lograse sus propósitos con todo el éxito que merecía.

© “Grimal” es un un relato de Oriol Villar-Pool