Aquí tienes la primera entrega de Las cenizas y el mar relato incluído en  El Silencio de los Locos mi libro de relatos. Espero que  te guste. En él encontrarás unas vidas por escrito a través de mis apuntes sobre el amor, el odio, el horror y otras cosas.  Podrás  comprar todos mis libros en Amazon  estoy seguro de que te gustarán y pasarás un buen rato. Si lo deseas al final encontrarás el Podcast con este relato tanto en Spotify como en YouTube.

Había estado a punto de ser atropellado en tres ocasiones. No había cesado de lloviznar en toda la tarde. Un autobús urbano rodó sobre un charco enorme y el océano Atlántico me cayó encima. Había tenido un día de esos que no se lo desearías ni al peor de tus enemigos. Había discutido con todos y con cada uno de los seres vivos con los que había tenido contacto. Había salido de casa a las siete y media de la mañana. Había sorbido un repugnante café de ayer en un vaso de plástico. Chuchín, el perro maricón que me regaló mi suegra por mi último cumpleaños, me había sacado a pasear mucho antes del amanecer.

No veía el momento de terminar la jornada. Al parecer el horóscopo de hoy había recomendado joderme a conciencia, y hasta los menos crédulos habían obedecido las órdenes del oráculo.

Pues bien, tras un día así. Un día en el que he preferido omitir mi diarrea de media tarde. A mis compañeros les gusta el menú del día del puto restaurante chino situado debajo de la oficina. Pero yo, en cada ocasión que me aventuro a cruzar su puerta roja con profusa decoración imperial, acabo de rodillas en el primer baño a mi alcance. Allí me deshago en lamentos y estertores. Mi maltrecho cuerpo expulsa de todo y por todas las vías posibles. En ocasiones como hoy, cuando coinciden ambas vías al mismo tiempo, la cosa puede llegar a ponerse muy complicada. Sobre todo para el pobre desgraciado que tenga que pasar la fregona después.

Ante semejante colección de despropósitos, aunque pueda parecer lo contrario, hoy no he hecho otra cosa más que trabajar. Para ser más exactos he fingido que lo hacía. Porque a mí trabajar, lo que se dice trabajar, no me gusta en absoluto. He de reconocer que tengo el privilegio de pertenecer a ese selecto grupo de personas que considera el trabajo como una maldición bíblica. Cosa que promulgo a los cuatro vientos.

Hoy no he hecho otra cosa más que trabajar. Para ser más exactos he fingido que lo hacía. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Ni que decir tiene que todos encuentran muy divertido mi discurso. Hasta que comprueban que hablo en serio.

En mis palabras no hay más que una verdad tras otra. Entonces es cuando la mayoría de mis interlocutores comienzan a sospechar que estoy un poco chiflado. Sin embargo y a pesar de todo, no deja de resultarles gracioso el comprobar que todavía existe algún tarado que siente lo que todos sienten, pero que a diferencia de ellos, tiene los huevos de proclamarlo en público.

Al terminar mis arengas, por regla general suelo haberme quedado solo en el bar, y siempre me toca pagar los cafés de algún listillo. Nadie dijo nunca que predicar en el desierto fuese una tarea fácil. Fíjense si no en los testigos de Jehová, qué pesados son los cabrones, pero qué perseverantes.

Un miércoles cualquiera, a media mañana, Don Serapio, uno de mis jefes directos con el que hacía meses que no cruzaba una sola palabra, me llamó a su despacho. Fingí no dar importancia a aquella orden, pero en el fondo estaba aterrorizado. Varios compañeros ya me habían advertido de que en más de una ocasión, con la falsa simpatía de un Judas, Don Serapio había intentado sonsacarles información sobre mí.

Quería saber algo más sobre mi filosofía respecto al trabajo. Resultaba evidente que mi mensaje, algo parecido a un mantra que yo repetía sin cesar, había llegado hasta sus oídos.

Si puedes evitar el trabajo, huye de él. Mientras lo consigues,
haz lo menos que puedas y procura que se note lo menos posible.

Parecía que mi entusiasta proclama no era del agrado de mi jefe. Siempre solía cerrar mi discurso con ese brindis al sol que todos celebraban con entusiasmo. Así que era cuestión de tiempo que Don Serapio quisiera saber más de mí.

En mi defensa he de decir que Don Serapio era un tipo hecho a sí mismo a golpe de subvenciones; de fraude fiscal e infracción laboral; de falsificación de documento público y privado; de amiguismos y sobornos; y de favores cobrados una mil veces a otros tan corruptos como él. Tipos que vegetan en los despachos de una administración pública tan servil, clientelista y putrefacta como todo el mundo ya conoce.

Don Serapio era un tipo hecho a sí mismo a golpe de subvenciones; de fraude fiscal e infracción laboral #ElSilenciodelosLocos #OriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Don Serapio no ve en sus empleados a personas a las que tratar como tales. No sabe nada de ellas ni le interesa saberlo. Sólo quiere conocer aquello que pueda utilizar en su favor. Colocó tantas cámaras de seguridad en las instalaciones de la empresa que incluso el instalador, en un receso junto a la máquina de café, confesó no haber visto nunca semejante despliegue.

Don Serapio solo veía en sus empleados a una legión de vagos que no servían para nada. Que se pasaban el día de aquí para allá. Que nunca estaban en su lugar de trabajo. Que incluso pasaban demasiado tiempo en el retrete. Era un jefe para el que sus empleados son peonzas que solo producen mientras giran, y en mi caso creo que yo hacía tiempo que había comenzado a detenerme.

Pero volvamos al momento de mi regreso a casa.

Clara, mi mujer, es muy inteligente, guapa, amante de los animales, de la literatura y de las películas subtituladas. Nunca he sabido qué es lo que pudo ver en mí y nunca me he atrevido a preguntárselo. Dudo que a estas alturas ya vaya a hacerlo.

El día en que nos casamos ella estaba radiante. Decía que me quería y que no imaginaba nada mejor que pasar el resto de su vida con alguien por quien sentía Eso. Eso, era algo de lo que Clara hablaba con mucha frecuencia.

Al poco de casarnos me divertía escuchar la pasión con la que hablaba de nosotros y de nuestra relación. Aunque rara vez yo sabía de qué estaba hablando. Nunca estuve muy seguro de por qué insistía en decir nosotros, porque lo cierto era que yo seguía siendo yo y ella era cada vez más ella.

Repetía con insistencia que yo le gustaba por mi naturalidad y por saber ser siempre yo mismo. Sin embargo no cejaba en su intento de convertirme en otro. Cada vez que terminaba de leer un libro -y bien sabe Dios que Clara no hacía otra cosa- insistía en que lo leyera yo también. Aunque nunca lo confesó abiertamente, albergaba la perversa intención de que yo aprendiese algo de sus protagonistas. Unas veces pretendía que yo fuera más alto y otras que tuviera más pelo. A veces me quería más delgado, más atlético, que engordara o que estudiara arquitectura. En ocasiones le gustaría que hablase en árabe, que me gustase usar tanga o que me cambiara el nombre por el de kouros. Yo nunca le hacía demasiado caso.

Como ya he dicho, a mí todo ese rollo me divertía. En ocasiones acababa por ponerme cachondo con tanto comerme la oreja. Con tanto guapo, con tanto cómo me gustas, y con tanto lo felices que somos. Ésta no era más que otra de sus múltiples contradicciones.

En ocasiones acababa por ponerme cachondo con tanto comerme la oreja. #ElSilenciodelosLocos #OriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

¿Si tanto le gustaba, por qué se empeñaba en hacerme cambiar?

Clara también tenía sus momentos de debilidad, lo cierto es que todas esas cosas las solía decir momentos antes de hacer eso.

Siempre he creído que nuestra vida de pareja era como una de esas películas en versión original que tanto le gustaban. A los cinco minutos yo ya había dejado de leer los subtítulos y nunca conseguía enterarme de nada. Clara, sin duda, veía algo en nosotros. Pero yo sencillamente no sabía qué. Nunca pudo comprender que la emoción que ella sentía al ver tres monólogos de veinte minutos en serbo-croata, a mí solo me hiciera bostezar.

Hace ya siete años que nos casamos. A veces cuando después de eso, se ajusta el esquijama de rayas azules de una sola pieza; y comprueba que el despertador está en hora; y que el perro tiene agua; y que su férula para la ortodoncia está en su vaso sobre la mesilla; y que la batería del móvil está cargando… A veces me pregunto cómo hemos aguantado tanto.

Pero entonces, inhala dos veces de un aerosol antihistamínico que le impide hincharse como un pez globo, se coloca la férula y me dice que me quiere. Y yo pienso que la cosa no es tan mala. Podría ser peor, de eso estoy seguro. Me quiere, me echa un polvo de forma más o menos regular, y no parece importarle mi actitud pasiva. Todo esto me hace pensar que quizá sea un poco macho, ella quiero decir. Porque le encanta llevar la iniciativa en la cama, bueno en la cama y en todas partes. Cuando me cabalga y me susurra al oído tú relájate y disfruta, pienso que no puede haber nada mejor.

¿O conocen un sólo hombre que necesite algo más para ser feliz?

¡Pues claro que no!

Entonces imagino que peor sería tener que meneármela como un simio, noche si y noche también. Hacerlo como tantos de mis amigos y compañeros. Desgraciados que no han tenido la suerte de encontrar una esposa tan complaciente y preocupada por el bienestar de su maridito.

Imagino que peor sería tener que meneármela como un simio, noche si y noche también. #ElSilenciodelosLocos #OriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Cada vez estoy más convencido de que toda esa complacencia no es más que una forma de autosatisfacción sin la necesidad de dar más explicaciones de las necesarias. Estoy seguro de que sabe perfectamente qué es lo que buscamos los hombres en el matrimonio, y me lo da.

Queremos una madre sustitutiva que se ocupe de nosotros y ella representa el papel a las mil maravillas. Claro está que se trata de una madre un poco especial. Al menos yo jamás me hubiera imaginado a mi madre haciendo eso, y mucho menos conmigo.

En cuanto a su carácter dominante, a su modo de pedirme explicaciones, e incluso de reñirme, es igualita a la madre de un amigo del colegio. Me encantaría decir que igual que la mía. Pero esa pasó de mí durante toda su vida, al menos durante toda la mía. El día que se fugó a Saint Paul-Minnesota con un pianista ciego, tuve que enterarme por una vecina. Fue el último domingo de mayo, día en el que habíamos concertado nuestra visita anual. Yo tenía quince años.

Es más que probable que con unos antecedentes como los míos, la idea de nido familiar que yo pueda tener diste mucho de la que buscan la mayoría de las mujeres. Al menos las que yo he conocido. Claro, que ahora empiezo a comprender por qué me gustó Clara. Quizá el hecho de que me dominara y que a la hora de tomar una decisión, pasara de mí como de un vendedor de biblias, me resultaba familiar.

Una noche, durante los sofocos propios de nuestros apasionados encuentros sexuales, me soltó la siguiente perla.

―He decido tener un hijo.

Me quedé perplejo. No pude articular palabra. En mi cabeza sólo había lugar para mis fluidos. No podía pensar en otra cosa. Me obsesionaba la idea de que mi esperma corría por sus entrañas con el único objetivo de una fecundación a la que yo no había sido invitado. Yo no había autorizado nada a nadie. Ni a ella ni a ellos.

―Le llamaré Juan.

―¿Juan?― pregunté sumido aún más en mi desconcierto.

―Sí. Así se llamaba mi primer novio. Con el que perdí la virginidad… Creo que te lo presenté una vez… La verdad es que me he acordado de él hace un momento y me ha parecido un buen nombre.

No pude articular palabra. En mi cabeza sólo había lugar para mis fluidos. #ElSilenciodelosLocos #OriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Había follado conmigo pensando en su ex novio. Se estaba preñando ante mi y sin mi consentimiento. Quería poner a mi hijo el nombre de otro, y pretendía que me pareciera bien.

No sé cómo serán las mujeres de los demás. Pero a la mía, por mucho que lo intentara, creo que jamás llegaría a comprenderla.

A mí todo aquello no me importó demasiado. Qué más daba que el niño se llamara Juan, Alfonso, Ricardo, Abel o cualquier otro de los nombres grabados en una bandeja de plata que presidía la vitrina del comedor. Se la regalaron en nuestra boda un grupo de sus mejores amigos y allí ha estado expuesta durante todo el tiempo que llevamos casados. No supe hasta pasados unos cuantos años que lo que nos unía a aquellos tíos y a mí, no era otra cosa que el habernos acostado con ella. Sus ex amantes presidían mi salón desde una bandeja de plata, mi niño se llamará como uno de ellos que, para colmo de males, la desvirgó. Y por si no fuera suficiente mi jefe, Don Serapio, ha amenazado con despedirme.

Porque sí, así es. Don Serapio me ha dicho todo lo que le ha venido a la cabeza. Ha comenzado con un tono suave. Ha recurrido al discurso de que el trabajo en equipo es lo primero; que la empresa debe ser una gran familia; que todos estamos en el mismo barco; que los beneficios de unos son los beneficios de todos; y que como volviese a tener noticias de que incitaba a la insurrección y al absentismo a sus empleados, me cortaba los huevos.

Así que como decía al principio, mi día podía haber sido mejor.

Aunque también, esto no hay que olvidarlo, los he tenido peores.

Al llegar a casa por la noche Clara me la había vuelto a jugar. No es que ella actuara de forma consciente en mi contra. Claro que no. Eso no lo he creído nunca. Por eso me preocupa, pues creo que sus golpes bajos tienen un origen inconsciente.

Un amigo psiquiatra al que de manera informal consulté una vez al respecto, me advirtió.

―¡Date por jodido chaval! No es que ella te quiera hacer la puñeta. Es sencillamente que te odia desde lo más profundo de su ser. Y lo peor de todo es que ella todavía no lo sabe. Así que ya puedes ir preparándote. Porque el día que se de cuenta, tendrás que agarrarte muy bien los machos si no quieres perderlos… En una ocasión tuve un paciente que…

No permití que continuara con su repertorio de historias espeluznantes. Pagué la cantidad estipulada y me largué de allí. Lo que tuviese que ocurrir ocurriría antes o después, pero no había ninguna necesidad de anticipar los acontecimientos. ¡Vamos, digo yo!

En nuestros destinos había algo que ocurría siempre. No se sabe a causa de qué arbitrio del azar, Clara hacía que siempre, y conste que digo siempre, yo me viese envuelto en alguna puñetera obra de caridad. Obra que en la mayor parte de las ocasiones me acababa costando un buen dinero. Y debería darme por satisfecho porque sólo fuera pasta lo que me costaba. En realidad, insisto, no se trata de que ella actuase contra mí. Por supuesto que no. Pero cuando mostraba la más mínima iniciativa por ayudar a alguien, siempre a quien acababa jodiendo era a mí.

No permití que continuara con sus historias espeluznantes. Pagué lo estipulado y me largué. #ElSilenciodeLosLocos #OriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

―Marcos, tengo que decirte algo.

Cuando al llegar a casa Clara me recibía así, sabía que estaba perdido. Si la suerte decidía sonreírme, quizá sólo se tratara de una soporífera cena en casa de cualquier gilipollas amigo suyo. Porque no sólo se los había tirado a todos, sino que además pretendía que fuéramos amigos. La última vez que oí aquello de tenemos que hablar me pasé tres semanas a palo seco por no haber sabido qué responder a la sarta de estupideces con que acompañó a los salmonetes que había preparado para cenar.

Deseé, puedo jurarlo, que se tragara la lengua. Supliqué por que cualquier catástrofe en el mundo la distrajera durante unas horas y me dejara en paz. Pero tuve que aguantar el chaparrón hasta el final. Y aguanté. Vaya que si lo hice.

Después de tanto reproche necesité un poco de intimidad y de calma y me encerré en el cuarto de baño. Los gritos de Clara recorrían la casa de un lado para otro. Una cosa llevó a la otra, y así como lo más normal del mundo acabé cascándomela en la soledad del cuarto de baño.

¡Ojalá hubiera estado solo!

Creo que no hay nada más patético que ser descubierto por tu esposa cuando te la meneas durante un castigo. Por fortuna he perfeccionado mi técnica. La madrugada y el trastero me han devuelto un tiempo y un espacio que ya creía perdidos para siempre.

―Marcos tengo que decirte algo.

¡Es que no pensaba soltarlo de una vez!

Pues parecía que no.

Resulta que ahora había que esperar a que Soledad saliera de la habitación. Soledad es la criada. Creo que Clara tuvo miedo de que yo pudiera interesarme por ella, de modo que al escogerla lo hizo a conciencia. Es vieja, tiene un inmenso culo, es flatulenta y halitósica. Es muy gorda, casi mórbida y no es capaz de leer tres letras sin pedir ayuda. Pero eso sí, tiene un oído tan fino que nos ha costado más de un disgusto. No sólo fisga nuestras conversaciones sin ningún disimulo, sino que además si lo que decimos le atañe, no duda en exigir una explicación. ¿Se imaginan ustedes haciendo lo mismo cada vez que escuchamos a nuestro jefe ponernos a parir? No haríamos otra cosa en todo el día.

―Marcos tengo que decirte algo.

Vamos a ver. La foca-monje ya se ha marchado. Yo estoy atento, estoy receptivo y estoy preparado para responder de forma coherente. Entonces… ¿Por qué no suelta de una vez lo que tiene que decir?¿Por qué no me sorprende con una de sus propuestas?¿Por qué…?

―Marcos… Soledad me ha pedido un favor.

―¿Y podemos hacérselo?

No sé a qué venía tanto tengo que decirte algo. Seguro que lo único que quiere Soledad es un aumento. O un adelanto para la fianza de alguno de sus hijos. Tal vez sean unos días libres para ir al pueblo a la matanza del puerco. Cada año se repite la misma historia. Pasa allí una semana poniendo su colesterol a prueba. Luego regresa hecha una piltrafa y pasa otra semana deambulando por la casa como un alma en pena.

Pasa una semana poniendo su colesterol a prueba y regresa hecha una piltrafa, como un alma en pena. #ElSilenciodeLosLocos #OriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

No la aguanto. No pega ni golpe y su fetidez la hace insoportable. Pero como Clara es tan buena que accederá a todo lo que le pida. Y ya está. Lo que no alcanzo a comprender es qué pinto yo en todo ésto. Clara siempre decide sin tan siquiera informarme, de modo que no sé por qué esta ocasión iba a ser diferente.

―En realidad eres tú quien puede hacérselo.

Supuse que se referiría al favor, porque yo nunca he tenido la más mínima intención… ¿Pero…pero qué estaba ocurriendo? Mis pensamientos se alejaban cada vez más de las palabras de mi mujer, para concentrarse en el inmenso culo de Soledad.

―Su madre ha muerto.

―Ya. Ya lo sé. Estuve contigo en el funeral el otro día.

―Han incinerado el cuerpo.

―Sí.. ya me lo dijiste… Así podrán llevarla al pueblo en el maletero y no en la baca del coche como a su padre.

―Quiere aventar las cenizas en alta mar.


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