Aquí tienes la segunda entrega de Las cenizas y el mar relato incluído  El Silencio de los Locos mi libro de relatos. Espero que  te guste. En él encontrarás unas vidas por escrito a través de mis apuntes sobre el amor, el odio, el horror y otras cosas.  Podrás  comprar todos mis libros en Amazon  estoy seguro de que te gustarán y pasarás un buen rato. Si lo deseas al final encontrarás el Podcast con este relato tanto en Spotify como en YouTube.

Si no has leído la Primera parte de Las cenizas y el mar hazlo siguiendo este enlace.

… Era domingo por la mañana, hacía un día estupendo, aunque un poco fresco para junio. Me dirigí al embarcadero con tiempo suficiente para poner un poco de orden en el caos que reinaba en el barco.

Creo que no he dicho ni una sola palabra de mi barco hasta el momento. ¿Verdad?

Pues sí, tengo un barquito. No es ni muy grande, ni muy caro, ni muy pijo. Tiene un poco de todo eso, pero sin excesos. Qué le voy a hacer. La mar es una de mis debilidades y la mayor de mis pasiones. En ella me siento libre, independiente, grande y solo. Sobre todo me siento solo. Y me encanta.

En ocasiones detengo el motor en alta mar, me desnudo y me lanzo de cabeza al agua. Después de un buen baño dejo que el sol seque despacio mi piel. Una vez seco me sirvo un Gin Tonic que saboreo con los ojos cerrados. Por fin y para culminar este estado de felicidad, entonces insulto a voz en grito a todo aquel al que me apetece mentarle a la madre. Por regla general Clara y Don Serapio suelen ser quienes encabezan mi lista. Aunque también siempre dedico un recuerdo al ministro de hacienda, al obispo de mi diócesis y al clero en general. Nunca olvido a algún que otro imbécil, de esos que viven de un cargo público sin dar un palo al agua y cuyo único fin en la vida es amargar la vida al contribuyente.

Clara no comparte mi afición por el mar. No compartimos nada, así que no iba a ser ésta una excepción. De modo que todos los fines de semana salgo a navegar y ella aprovecha para hacer planes con sus amigos. Me siento tan bien solo en la inmensidad del océano que todo lo demás no me importa nada. Cuando estoy en silencio lejos de la costa, ni siquiera recuerdo el episodio del nombre de nuestro hijo, ni que Clara siga saliendo con sus amigos.

Recogí, limpié y ordené mi santuario. Había citado a Soledad a las doce. No quería una nueva regañina de Clara, así que cuando ella llegó todo estaba listo. Eran las once y media.

Recogí, limpié y ordené mi santuario. Había citado a Soledad a las doce. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Clara nunca navegaba conmigo, al menos no lo había hecho desde que éramos novios, pero en esta ocasión había decido acompañarme. Agradecí el detalle, porque la encerrona que me habían preparado no era plato para tragárselo en soledad.

Sospecho que la verdadera razón por la que Clara había decidido venir no era solo para hacer compañía a Soledad. Era la enorme desconfianza que siempre había tenido en mí. No quería que la familia de Soledad imaginara que el barco desde el que iban a aventar las cenizas de la abuela, fuera el escenario de otras cosas.

―Ya sabes que los pobres siempre piensan que nosotros somos unos…

―¿Nosotros?

―Sí, nosotros. A los que nos ha ido mejor en la vida.

―¡Ah! Nosotros.

―Sí. Nosotros. ¿Me entiendes, o no?

―Sí cariño, ya lo he entendido. Nosotros somos viciosos, pervertidos, pederastas, depravados, degenerados…

―Ya está bien. No te rías de mi.

―Sí, Cariño.

Clara debía pensar que Soledad y su familia, escondidos tras el luto, fantasearían con nuestras veladas de orgía y desenfreno. Con la pasión y la lujuria de nuestras noches de bacanal.

¡Qué más hubiera querido yo!

Nada estaría más lejos de la realidad. Sus fantasías soñarían con saraos monumentales a los que ya me gustaría asistir a mí algún día. De modo que para no dar cabida ni tan siquiera a la sospecha, Clara sembró la cubierta con tantos crespones negros que mi querido barco parecía un crucero a Transilvania.

Cuando en el campanario de la iglesia del Santo Naufragio sonaron las doce, me dirigí al embarcadero. El sol era abrasador. Me ardía la cabeza a pesar de la gorra de Capitán que siempre usaba cuando salía a navegar. Miré hacia el pantalán y allí estaban. Al verlos supe quienes iban a ser los pasajeros en tan tétrica jornada. Una emboscada que habían preparado, mano a mano, entre Clara y Soledad.

Me detuve unos instantes al ver el grupo que me esperaba. Tuve que tomar aire para verificar que seguía en este mundo. No podía creerlo. Todos y cada uno de los miembros de esa familia parecían salidos de una comedia italiana de los años cuarenta.

Mira que he visto películas raras con Clara, pero nunca me había encontrado con nada parecido en la realidad. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

En otro tiempo fui un joven aventurero de mochila e ilusión. Un viajero para el que el andén de una estación era el mejor hotel. Una madrugada en la que atravesaba Portugal en un tren abarrotado, vi a toda una familia numerosa que dormitaba sin perder la compostura. Era una familia de campesinos, de gente sencilla, de personas que sin decir palabra transmitían el poso que la dignidad deja en la mirada. Incluso los más pequeños miembros del grupo permanecían sentados, aunque el sueño se hubiera adueñado de ellos. A su alrededor una pestilente masa de viajeros de la Europa más rica roncaba desparramada por el vagón. Aquella ociosa torre de babel había olvidando hasta la última de las normas de educación que los humildes todavía parecían conservar.

De vuelta a realidad me enfrenté de nuevo a la familia de Soledad. Era una convención de grandes y canos bigotes, de negras fajas, de gruesas camisas blancas de manga larga y de sombreros de plato de otro tiempo. En el pantalán de un puerto de recreo, un domingo a media mañana, eran lo más parecido a un desfile de carnaval. Y aquella comparsa se me venía encima.

La más elegante y las más refinada de todos ellos era, sin duda, nuestra Soledad. Quizá fuera cosa de la costumbre, no sé. Es cierto que el hábito distorsiona mucho la percepción de las cosas, si no fíjese usted en las mutaciones del amor. Pero por mucho que quisiera ver aquello como algo normal, la familia de Soledad podría acompañar a cualquier criminal en el museo de cera de Madame Tussaud.

El grupo me esperaba en pie y con una actitud solemne. Juraría que no había faltado a la cita ni el más lejano de los parientes de la difunta. Tenían un aspecto decadente. Todo en ellos era pretencioso y fúnebre. Al verlos llegué a pensar que quizá la abuela no fuera el único cadáver dispuesto a embarcar. Mi aspecto les debió confundir y me vieron como a un capitán de la marina mercante. Y lo que es peor, algún cúmulo de ideas equivocadas les había hecho creer que mi barco era el Queen Mary. Allí había mucha gente. Eran demasiados. Muchos más de los que podrían subir a bordo. Lancé algunas indirectas tratando de hacerles comprender lo inviable de nuestra empresa con tanto pasaje. Traté de hacer llegar mis miradas asesinas a Clara, que saludaba desde cubierta. Pero ni los unos ni la otra quisieron darse por enterados.

Traté de hacer llegar mis miradas asesinas a Clara, que saludaba desde cubierta. Pero ni los unos ni la otra quisieron darse por enterados. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Vestían de un riguroso negro. Un luto como los de antes, como los que ya no se ven. Incluso los niños se asfixiaban bajo los nudos de sus negras corbatas. Me detuve frente a Soledad. La saludé con corrección y un poco de miedo. Estaba flanqueada por todo un clan de mal encarados, no sé si a causa del duelo o por lo ridículo de mi aspecto.

Unas bermudas rojas; unas chancletas hawaianas azul celeste; una camiseta rosa de tiras de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Andorra, y una gorra de marinero me hicieron sentir como Popeye en la Ópera de París. La reprobación en la mirada de mis compungidos invitados, todavía me provoca alguna pesadilla que otra.

Coloqué, ubiqué, distribuí y recoloqué a todo el pasaje. Estibé la carga del mejor modo que me fue posible. Evité por todos los medios que aquella travesía acabara con toda la familia acompañando a la vieja hasta el fondo del mar. Una vez distribuida tan sufriente carga, y sumido en un auténtico mar de dudas decidí zarpar. Apenas tenía espacio para maniobrar el timón, pero fingí la seguridad de un experto capitán de fragata.

Fue entonces cuando apareció él. Era un tipo alto, más bien largo diría yo. Corría embutido en un enorme traje negro a juego con sus pobladas patillas. Me cayó simpático aquel sujeto. Su aspecto desgarbado y su forma elástica de trotar me hicieron sonreír.

No fui yo el único que reparó en su presencia. Al verlo, todos comenzaron a vociferar y a reír a carcajadas.

―El Juli― decían los mayores.

―El Juli― replicaban las mujeres.

―LLayegao el Juli― sentenciaron los niños.

―Ya tenemos quien nos cante― informó Soledad a Clara, que aún daba menos crédito que yo al espectáculo que tenía frente a sí.

Vaya duelo de los cojones. Ahora pretenden ponerse a cantar- pensé.

Vaya duelo de los cojones. Ahora pretenden ponerse a cantar- pensé. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Con tanta excitación por la llegada del Juli, el barco comenzó a escorar hacia babor. Todos gritaron asustados. Trataron de compensar el exceso de peso en un lado saltando hacia estribor. Con ese acto, tan reflejo como comprensible en gentes de secano, provocaron un balanceo que fue en aumento.

Gritaron ellos y chillé yo. Nadie hacía caso a nadie y el desconcierto se adueñó del barco. Preferí no mirar a Clara. No quería ver la expresión de su rostro. Con sólo imaginarla me temblaron las piernas. Ella siempre se marea en el mar. En esta ocasión estaba seguro de que vomitaría antes incluso de abandonar el puerto.

―¡¡¡¡Quieto todo el mundo!!!

Logré imponer mi autoridad. El orden y la calma regresaron a bordo. Desde el muelle El Juli se partía la caja al ver los apuros en los que nos metíamos nosotros solos.

―¡Paveros matao!― dijo luciendo sus tres dientes al sol.

Ya algo más calmados, todos rieron de nuevo al escuchar las gracias de su pariente.

El Juli estaba ya con nosotros. Aunque no había venido solo. No sé cómo lo conseguimos, pero acomodamos las tres coronas de flores que el primo cantaor traía con él. Un crisantemo acabó entre mis dientes. El No te olvidaremos impreso en la banda azotaba mi cara con cada golpe de viento.

Como para olvidar todo esto. No te digo- me dije.

Escupí los restos florales y blasfemé para mis adentros. Entonces recobré la calma por un instante y pregunté si ya estábamos todos.

―Falta la Yoly…

―Está meando― coreó la familia.

La niña meó. La Sole lloró. El Juli calentó la voz. El Matías encendió una faria. La Gertru no pasó un segundo sin sonar sus mocos en mi nuca. Y el Cristóbal, un cabrón de once años de edad y acné de dieciséis, no dejó de darme la lata durante toda la travesía. Al escuchar los comentarios de tan pintoresco pasaje descubrí, con horror, que ninguno de ellos había navegado nunca. Un escalofrío que me recorrió el cuerpo me hizo presagiar lo peor.

Falta la Yoly... ―Está meando― coreó la familia. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Antes incluso de que pudiese darme cuenta de lo que iba a suceder, mi barco se había convertido en un infierno. Los cuñados vomitaban por babor y las nueras por estribor. Por popa lo hacían los sobrinos. Los demás allegados se aliviaban por proa.

Traté de hacerles comprender que en la mar siempre hay que arrojarlo todo al viento. Para cuando lo conseguí era ya demasiado tarde. Quien no echaba la papilla por la borda, insultaba a los peces que saltaban frenéticos ante aquella nutritiva lluvia. Comprendí que cualquier consejo resultaría ya del todo inútil. Habían comido calamares con patatas bravas y quisieron compartir su aperitivo conmigo.

La costa quedaba a escasas dos millas. El lugar era bonito y el oleaje parecía echar la siesta. Sugerí el aventamiento allí mismo antes de pasar a mayores, y así lo propuse.

Soledad no soltó la urna de su madre ni en plena vomitina. Limpió su boca con uno de los crespones negros que circunvalaban la embarcación. Besó el recipiente como si éste le correspondiera en el afecto. Tras un intenso y emotivo silencio que todos respetaron con solemnidad, preguntó por la Vanessa.

Quiero que sea la van― explicó Soledad dirigiéndose a Clara, en un gesto hacia su anfitriona―. Es la mayor de las bisnietas del primero de los tres matrimonios de mi segundo padrastro… Pero la máma la quería como si fuera de su propia sangre.

¿No irá a pensar que a mí todo esto me importa un carajo?

Eso es lo que me pareció leer en la mirada de Clara. Su ceño fruncido, algo que yo conocía, lo decía todo. Al verla tratando de despegar los restos pringosos en su camiseta nueva de Stradivarius, sentí lástima por ella. Parecía estar mucho más harta que yo de aquella situación absurda.

―¿Andestá la vane?― vocearon todos a lo largo y ancho de cubierta.

Como la niña no respondía, el vocerío dio paso a una excitación que no dejaba de crecer. Todos, incluido yo mismo, la llamamos a gritos. La alarma se adueñó de nosotros. Con tanto movimiento y con tanta gente de un lado para otro, el barco amagó con desestabilizarse de nuevo. Tras nuestra primera experiencia yo había dado instrucciones precisas al respecto, de manera que, a mi orden de ¡¡quietos!! todos quedaron más congelados que una merluza del supermercado.

Por fin alguien nos devolvió a la niña y la respiración.

―¡La nena está paquí!

Por fin alguien nos devolvió a la niña y la respiración. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Y en efecto allí estaba. Exactamente en el otro extremo de la embarcación. En vista de la vomitera en la que se había convertido todo, opté por virar en redondo. Consideré demasiado arriesgado acercar a la niña hasta Soledad entre tanta plañidera mareada. Me pareció más oportuno que la difunta fuese hasta la niña, y así lo sugerí.

La urna pasó de mano en mano. Lo hizo de forma lenta y precisa hasta alcanzar la popa. Allí, vestida con más tirabuzones que Shirley Temple, esperaba la criatura. Una vez preparada, como un mascarón diabólico, recitó un poema interminable. Apenas pude escuchar nada. Palabras dispersas como Amor, Gratitud, Eternidad, Bondad, Gratitud, Belleza, Eternidad, Gratitud, Amor, Gratitud, Esperanza, Caridad, Eternidad y Gratitud llegaron a mis oídos arrastradas por la brisa salada del mar. Yo rezaba como nunca lo había hecho antes. Solo suplicaba a Dios que el viento no cambiara de dirección. Al menos, que no lo hiciera hasta que todo aquello hubiera terminado. La niña continuaba recitando y yo comencé a sudar.

¡Termina de una vez niña y manda ya a tu bisabuela al carajo antes de que el viento nos la juegue!

No pronuncié una sola de estas palabras. Mis pensamientos eran tan intensos, que temí que alguno de los garrulos que estaban más cerca hubiera podido escucharlos.

Uno, dos y tres intentos. Por fin la anciana difunta abandonó la nave para siempre. Todos lloraron con tanto sentimiento que incluso mi corazón se heló por un instante. Sentí que la emoción del momento anudaba mi estómago. Clara, que parecía haber olvidado el aspecto de su camiseta, dejó caer una tímida lágrima por su mejilla izquierda.

Pero lo hizo. El viento cambió en el momento en el que la Vanessa arrojó a la abuela al mar. Una ráfaga traidora devolvió a la difunta hasta lo más profundo de nuestras entrañas.

No me atreví. No tuve el valor suficiente para ser el primero en escupir las cenizas de la abuela. Como el caballero que soy, esperé a que alguien de la familia lo hiciera primero. Cuando se abrió la veda, el asco superó al reparo. Entonces todos compitieron por lanzar a la vieja lo más lejos posible. Algunos imbéciles insistían en escupir contra el viento y, tiro tras tiro, la naturaleza les devolvía sus propios lapos.

Tras convertir al mar en una inmensa escupidera, nos cepillamos el pelo, nos limpiamos la lengua y aclaramos la garganta. Creí que había llegado el momento de regresar a puerto. Cuando me dispuse a comunicar mi decisión vi con horror que habían comenzado a desflorar las coronas, los ramos, los ramilletes o lo que hubiera aportado cada uno al acto. Yo no acababa de comprender qué significaba ese ritual. Pero a estas alturas de la historia preferí no indagar más.

Una lluvia de pétalos, capullos, tallos, bandas, tarjetas, e incluso alguna factura fueron lanzadas al viento. Lo hicieron como un último homenaje a quien al parecer, y a juzgar por el tiempo que llevábamos allí, tantos debían tanto.

Recitaron todo lo recitable. El Juli se arrancó a cantar. De su garganta brotó una saeta tan emotiva que sobrecogió incluso a las gaviotas que nos observaban atónitas.

De su garganta brotó una saeta tan emotiva que sobrecogió incluso a las gaviotas que nos observaban atónitas. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Yo lo había avisado, pero con tanta emoción nadie recordó la advertencia. Yo mismo la había olvidado. Y como por todos es sabido, la naturaleza no entiende de sentimentalismos. De modo que al permanecer fijos en un punto durante tanto rato, las nauseas, los mareos y los vahídos nos amenazaron de nuevo. Muchos se marearon por segunda vez. Hubo quienes lo hicieron por tercera e incluso por cuarta. Los más perjudicados ni siquiera tuvieron fuerzas para enterarse de esta nueva oleada de malestar. La ofrenda floral no parecía terminar nunca. No me quedó más opción que poner el motor en marcha y virar de nuevo alrededor de aquel jardín flotante. Los corcones y las meaucas, se disputaban a la difunta con la rabia de las pirañas. Los adornos florales les servirían de postre.

Con lo bien que hubiera descansado esta señora en el panteón familiar. Se hubiera descompuesto y sus restos hubieran permanecido en paz por los siglos de los siglos. No comprendo esa obsesión por aventar sus cenizas en el mar. Los que tenemos barco, por ridículo que éste sea, nos vamos a convertir en las nuevas funerarias.

¡Y encima gratis!

Siempre lo piden como un favor personal. Como la gran ilusión del difunto. Como un acto trascendente. Etc, etc, etc. No vas a ser tú tan canalla como para negar las últimas voluntades de un pariente muerto. Ni tan siquiera se te puede pasar la imaginación cobrar por ello. Al menos cobrar el combustible o tu tiempo, o las molestias de aguantar a una gente que no te importa nada. Pues no, no puedes hacerlo sin convertirse en una rata avara e insensible. Si ésto sigue así, me veo un domingo sí y otro también mareando familias de luto antes de comer.

Arribamos a puerto de la mejor manera posible. Lo hicimos entre gemidos, lamentos y llantos.

¡Pero vive Dios que lo logramos!

Arribamos a puerto de la mejor manera posible. Lo hicimos entre gemidos, lamentos y llantos. #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

Cuando por fin atracamos, fui yo quien desembarcó en primer lugar. Quería amarrar el barco con firmeza. El pasaje estaba maltrecho y dudaba que fuera capaz de soportar un disgusto más.

Posé mi pie desnudo sobre la repisa de popa. Sentí un escalofrío que me sacudió todo el cuerpo. Mi gesto de horror fue tal, que fui incapaz de ocultarlo. Soledad, al frente de toda su familia me devoraban con su curiosidad. Tuve el peor presentimiento que alguien haya tenido nunca.

Ante la mirada confundida de todos, quise no haberme levantado de la cama ese domingo maldito en el que Soledad parecía haberse propuesto acabar conmigo.

No quería hacerlo. Busqué todas las excusas que mi imaginación fue capaz de concebir. Pero ninguna de ellas parecía dispuesta a salvarme.

No quería hacerlo, pero no me quedó otro remedio. Bajé muy despacio la mirada. Busqué mi pie y confirmé la más terrible de mis pesadillas.

La imbécil de la niña. La jodida Vanessa había lanzado las cenizas de su abuela con tan poco fuste, que la vieja parecía un cenicero encharcado en la popa de mi barco.

De ninguna de las maneras estaba dispuesto a regresar mar adentro. Tendrían que matarme para conseguirlo y creo que ya habíamos tenido muertos suficientes para una sola jornada.

Me gustara o no, la abuela, o lo que quedaba de ella, continuaba allí. Algo había que hacer, antes de que toda la parentela se amotinara y quisiera lincharme. Di todo tipo de explicaciones más o menos vagas. Desenrollé una manguera. La conecté a un grifo. Y antes de que nadie pudiera darse cuenta de cuales eran mis intenciones para con su difunta, giré la espita. De la boca de la manguera salió un chorro de agua con tanta presión que de la abuela no quedó ya más que el recuerdo.

Sentí una profunda excitación que corría por mis venas. Mis ojos escupían fuego. Mi respiración se aceleró… Pero la gélida mirada de Clara me devolvió la cordura. Traté, de dulcificar la estampa como pude. Quise explicar que esas cenizas que bailaban al vaivén del oleaje; esas que se estaban impregnando con restos de aceite de deshecho; esas que flotaban entre condones usados. Sí, aquellos mismos restos, no tardarían en adentrase en la mar guiados por las mareas.

Sentí una profunda excitación que corría por mis venas. Mis ojos escupían fuego. Mi respiración se aceleró… #ElSilenciodeloslocos #oriolVillarPool #Relatos Clic para tuitear

No sé si alguien llegó a creer una sola de mis palabras. Lo dudo mucho. Limpié de un manguerazo los últimos restos de la abuela que aún quedaban entre los dedos de mis pies y me sentí como un verdadero criminal al hacerlo.

¿Pero qué otra cosa podía haber hecho?

La familia de Soledad al completo me observaba sin perder detalle. Estaban en lo alto del muelle. Podía sentir su mirada enfurecida en mi nuca.

Bastó una sola palabra de Soledad para que todos se arrodillaran a un tiempo. Iniciaron entonces su amplio repertorio de oraciones y plegarias. Lo hicieron ante la perplejidad de los paseantes y mi sofoco infinito. La devoción que imprimían a sus letanías era estremecedora. Yo no sabía qué hacer. Dudé tanto, que no supe si subir o bajar, si quedarme o huir de allí.

Tras más de una hora decidí poner en marcha el motor y fondear en el embarcadero. Al comprobar que yo había dado por finalizado el acto, comprendieron que la abuela se había ido definitivamente.

Los niños fueron los primeros en romper a llorar. El resto del grupo se lamentó como lo haría alguien a quien le extirparan un testículo a dentelladas.

Clara y Soledad se abrazaron entre sollozos y yo me supe hombre muerto.

Al mando de mi nave zarpé, salí del puerto y me alejé de allí. Me dominó un temor propio de una maldición bíblica y no tuve valor para mirar atrás.


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© «Las cenizas y el mar | Un  relato de Oriol Villar-Pool incluído en El Silencio de los locos libro de relatos a la vemnta en Amazon