El inmenso  747 de British Arwais provoca un ruido ensordecedor, su turbina grita con desesperación mientras proyecta, al surcar los cielos, a casi cuatrocientos locos camino de Nairobi.

Mi llegada a Kenia es mi segundo aterrizaje en tierras africanas, y aquella primera llegada a Abidjan y el profundo amor por este continente son causa directa de que ahora me encuentre aquí.

Quizá las circunstancias  no sean tan diferentes. Me encuentro tan agitado como la primera vez, pero quizá mis temores sean menos. Nunca en toda mi vida  había comenzado un viaje tan desganado y sin esperanza como lo hago hoy. Mi corazón se lamenta de sus heridas y mi alma desolada no encuentra su lugar, pero inicio esta aventura tratando de olvidar, pretendo  dejar atrás tanta malaventura como me ha acompañado en los últimos meses.

Nairobi es una ciudad poco agraciada. En una primera impresión parace desaliñada,  sucia, desangelada y cruel.  Parece carecer del primer encanto de otras ciudades y no tiene tan siquiera esa decadencia colonial tan hermosa y nostálgica de otras capitales africanas. Nairobi no ofrece ni las ruinas de un pasado de gloria, ni de un presente  orgulloso. Aquí no hay nada de ésto. Cientos, miles de africanos, indios y distintas razas y etnias de todo orígen deambulan por avenidas enloquecidas. Calles sumidas en un caos de estruendo, bullicio y olor difícil de describir.

El aeropuerto, el taxi, los semáforos, todo ello son como en toda Africa una constante, viejos, sucios, desorganizados o tan solo inexistentes.

Son las nueve de la mañana, hora local. Apenas he dormido en toda la noche  apesar de los dos botellines de vino blanco de sudáfrica que he bebido alegrando mi noche y dificultando mi sueño. La sonrisa correcta y mecánica de la azafata inglesa contrasta con la desgana del funcionario Kenyata. Un  mundo deja paso a otro y el relevo es, a veces, de dificil digestión.

Largos pasillos, oficinas destartaladas, despachos en obras, funcionarios con aspecto de primer ministro y que trabajan como tales, lo invaden todo.

La mirada atrás en la zona internacional de un aeropuerto africano es la última oportunidad que le queda al viajero de echarse atrás en su intento de conocer un mundo distinto. Un mundo cuya diferencia es precisamente lo que lo hace atractivo y fascinante.

Largos pasillos, oficinas destartaladas, despachos en obras y funcionarios con aspecto de primer ministro y que trabajan como tales, lo invaden todo.#OriolVillar #Africa #Nairobi #Viaje Clic para tuitear

Meeting Point

Nairobi es punto de encuentro con el resto de la expedición con la que viajaremos hasta Sudáfrica. Trayecto éste que nos ocupará los próximos veintiocho días del mes de agosto de 1996. Es lugar de encuentro y punto de partida, porque Nairobi es una ciudad que no da mucho más de sí, o al menos es lo que a mí me parece.

Al mediodía han llamado a la puerta de mi habitación. Estoy echando una cabezada, de modo que he abierto la puerta en calzoncillos suponiendo encontrar a alguno de mis compañeros de viaje.  Sin embargo a quien conozco es a Miguel Angel, un periodista canario que, tras identificarse como miembro de la expedición me cuenta una fascinante historia sobre atracos, embajadas y pasaportes. En apenas unos minutos descubre el verdadero propósito de su visita. Necesita cincuenta dólares americanos. Como nos vamos a ver las caras durante todo un mes e Iñaki, un amigo suyo llega esta noche de Madrid, supongo que no hay de qué preocuparse.

The Carnivore

Hacia las seis de la tarde decidimos ir a cenar a The Carnivore, un restaurante africano que forma parte de una cadena que tiene locales en varias capitales del continente.

Al salir del hotel tomamos un desvencijado taxi. Veo llegar en un aún más destartalado peugeot al mismo Miguel Angel que me ha dado el sablazo hace pocas horas. Hace lo propio con el taxista y promete, una vez más, saldar  sus deudas a la llegada de su salvador. Mesias que al parecer en estos instantes cruza los cielos de África, ajeno a las dedudas que le esperan en la capital keniata.

The Carnivore es uno de esos lugares a los que sólo pueden acudir los turistas, los ricos y los miembros del gobierno. Allí te sientas en un enorme salón que pretende parecer una inmensa construcción tradicional. Las miradas infinitas de los reyes de la selva me observan dese lo alto y sus pieles extendidas cubren las paredes. Pedimos la bebida y en torno a una pequeña banderola con el logotipo del local devoramos la carne que van sirviendo a su voluntad: cebra, avestruz, jabalí, cocodrilo y otra fauna que no me atrevo ni a imaginar.

En unos grandes fogones asan enormes piezas de carne. Las ensartan en los mismos pinchos que los camareros llevarán después de mesa en mesa. Allí cortarán sobre tu cabeza, con certera maestría, la ración que desees.

Elegantes ellos, arrebatadoras y coloristas ellas. En lugares como estos uno es consciente de la belleza, estilo y presencia de estas gentes que, cuando pueden permitírselo, eclipsan a cualquier pálido occidental, sofocado y empapado en sudor.

Cuando uno se encuentra satisfecho no tiene más que dejar caer la bandera y el camarero ya no regresará cargado con más viandas.

Elegantes ellos, arrebatadoras y coloristas ellas, eclipsan a cualquier pálido occidental, achicharrado y empapado en sudor. #OriolVillar #Africa #Viaje #Nairobi Clic para tuitear

Un hombre de palabra

Al abandonar el local, entre la oscuridad se exhiben los magníficos cochazos que, vigilados por sus elegantes chóferes, aguardan a que sus aduinerados propietarios terminen de cenar. Entonces distingo al taxista que nos trajo hasta aquí. Es más pequeño y viste menos, mucho menos legante que los conductores gubernamentales, pero resulta ser una persona de ley. El hombre habiendo prometido esperarnos, ha cumplido su palabra. La ciudad por la noche se presenta aún más caótica y atractiva a la vez. El tráfico parece haber enloquecido y todos esquivan a todos. Sumergido en pleno atasco disfruto observando el bullicio en los demás vehículos y me olvido del alto riesgo de atraco que corremos. Parece que comienzo a integrarme de nuevo en el desenfrenado imán de África.

De regreso al hotel vuelvo a encontrarme con Miguel Angel que se dispone a salir a cenar. Lo hace acompañado de una bellísima joven de aspecto norteamericano a la que supongo agasajará y cortejará con los 50 dólares que me levantó por la mañana.

Querido Miguel Angel ¡Que te aprovechen!

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En los años setenta y años ochenta los grupos de mayor éxito en Kenia eran
los congoleños, como la Orquesta Virunga y los Super Mazembe


© “Pole Pole AFRICA. En el cielo hacia Nairobi” es un un texto de Oriol Villar -Pool